Vacío del Medio se formó allá por 2018 y fue la evolución natural de otras formaciones que debieron morir para que nazca algo nuevo: “Punk con manteca” dio lugar a “Asco” que finalmente mutó a Vacío del Medio (VDM). “Cuando recién empezamos con la banda teníamos esta teoría de que el rock iba a renacer porque los 90’ estaban comenzando de nuevo… Y hoy son las mismas ondas que los 90’”, recuerda sobre el nacimiento del proyecto Nito, cantante, tecladista y letrista del grupo.
Siete años después, el rock volvió: con un estudio renovado y con la experiencia de un primer álbum bajo el brazo, la banda originaria de Mataderos y Floresta lanzó su segundo trabajo titulado Kish. Un disco que escupe su propia lectura de época.
La Tuerta se encontró con los integrantes de VDM en la pizzería Plaza del Sol, ubicada en Rivadavia y Olivera, un umbral entre lo cotidiano y lo que el ruido anuncia. A pocas cuadras, Estudio Kitsune funciona como la base operativa de VDM, un cuartel de ideas inquietas, ecos y cables.
Nito llegó al encuentro con lentes de sol y una botella en mano de la que resalta un sticker de Ricardo Iorio. Por su parte, el Chino – quien ocupa el papel de bajista – movía su cabeza con el pelo atado, lentes oscuros y hacía de sombra precisa entre la luz del sol y la escucha atenta.
Rondando los 23 años, los integrantes de la banda comentan entre risas que se ven “más punki” de lo que realmente son. Ambos se escuchan entre sí y mezclan nerdeadas del disco con debates del presente: citas de Malatesta que sobrevuelan la conversación, alusiones a la “utopía de Galeano” que revientan la solemnidad, y la reivindicación de la palabra “libertario”, esa que Carlos Puebla pronunció al despedir al “Che”, como un verso urgente. Entre bromas y debates más serios, VDM desarma los clichés del género y dialoga con su tiempo.
“Estuvo muy pensado, es un disco muy conceptual. Los doce temas están conectados entre sí”, asegura Nito cuando por fin nos decidimos a conversar del nuevo trabajo de la banda. Y es verdad. Desde que comienzan los primeros acordes de Ser, o no… – tema inaugural del álbum – VDM sumerge al oyente en un mundo aparte: la ciudad de Kish. En ese primer corte, la banda levanta el telón y deja oír audios de archivo del Juicio a las Juntas que confluyen en un inaugural riff furioso que abre las puertas y muestra el primer vistazo de lo que se vive en la metrópoli imaginaria.
Antes de hablar de la música, la charla con VDM se centra en entender los porqués del álbum. Quién escuche el disco rápidamente podrá comprender que el mundo que nos ofrecen está dividido en dos: el de arriba, habitado por un monstruo y el de los que viven abajo, en Kish. Dos polis vivas, limítrofes, parecidas, pero que no dialogan entre sí. Y los únicos con la capacidad de entrar -y salir- de las catacumbas son los protagonistas de esta historia.
“Explicar el concepto en realidad me parece un poco aburrido. Pero en líneas generales, es un grupo de gente que vive escondida debajo de la tierra. De cierto monstruo al que todos le temen, que vive en la superficie, pero que nunca nadie vio”, aclara Nito, que trata de evitar caer en el impulso de querer explicar todo.
Es que, si de teorizar se tratará, se podría estar un largo rato dilucidando qué representa el monstruo del disco del que todos se ocultan. “Para mí es el concepto del Dinero. No diría el dinero, porque no es tal cosa, sino el capitalismo en tanto sistema. O sea, es algo en lo que la gente cree que nunca vio. Confiar en algo que no existe”, comparte el Chino en algo que ya se parece más a un debate que a una entrevista. “Plot twist: en realidad el monstruo no existe. Es personal. Es el infierno de cada uno”, interrumpe las teorizaciones Nito.
Dejando de lado la narrativa, una de las principales características del disco es su versatilidad. Si bien hay elementos que son identitarios de la banda y que se repiten a lo largo de los doce temas – una voz raspada, distorsión, riffs acelerados y guiños a Rage Against The Machine – VDM también tiene una envidiable naturalidad para mutar: si Pornografía es un punk acelerado, el grupo baja tres cambios con el reggae Los de abajo, se divierte en una improvisación de jazz en Kish y llora en el blues de Morir: Dormir, nada más.
“Somos una mezcla rara, como el tema de Los Gardelitos”, explica entre risas Nito. Según cuenta, el primer género que lo arropó en su vida fue el reggae, pero la adolescencia lo llevó al punk. De nuestro país destaca a Charly y asegura que, por estudiar piano, también está a gusto con la música clásica y el folclore.
“El chino viene más de lados King Crimson. Progresivo, a full”, sigue el cantante con su descripción. “Mucho folclore en casa” retruca calmado el Chino. Sin embargo, ambos se ponen de acuerdo – una de las pocas veces durante la charla – sobre el perfil musical de los integrantes ausentes: Ivo, el guitarrista “es más punk rock, los redondos”, mientras que Jaco, el baterista, está en el espectro del “jazz fusión, Spinetta”.
“Hay una división marcada: tres son Charly y hay un Spinetta”, sentencian entre risas.
El álbum vio la luz en mayo de 2025, pero el camino hasta la ciudad oculta no fue fácil. Los primeros demos se grabaron en épocas de pandemia y distanciamiento social, allá por 2020. Ahí, entre las dificultades que plantea cualquier proyecto autogestivo – profundizadas por un momento de encierro y encorsetamiento del arte -, los artistas destacan la importancia del rol del grupo para seguir construyendo: “Hay una cuestión de la juntada por fuera del laburo de la banda. No sé si es más importante pero va palo a palo. Estuvimos muchos años solamente juntándonos por juntarnos”, rememora el Chino.
Para reforzar, Nito detalla que desde 2018 – y por lo menos dos o tres veces por semana-, la banda es parte del paisaje barrial y se los puede encontrar sentados en la esquina de Rafaela y Fernández. “Estamos siempre ahí, nos conocen ya los vecinos. Saben que hacemos ruido. Hay algunos que no nos quieren, hay algunos que sí”, reconoce socarronamente.
Esta apuesta por lo grupal, por coincidir en tiempo y espacio en épocas intensamente digitales, no aparece solo cómo forma de divertimento, o cómo mera excusa para explorar proyectos oníricos: también es un proceso de creación real. “Yo escribo muchísimo” cuenta Nito. “Pero necesito a mis amigos para que me lo acomoden un poco, para que le den forma. Porque sino,. solo son letras infinitas… y sin sentido”.
Y es también, un ejercicio constante de poner el cuerpo por un horizonte común. El disco fue grabado en el renovado Estudio Kitsune – construido por sus propios integrantes – y marcó un salto de calidad en el sonido a comparación de su primer trabajo, Sociedad Anónima (2019). “Kitsune fue unidad básica, almacén, quesería, fiambrería, pizzería, bar. Fue de todo. Y nos terminó llegando a nosotros y dijimos: ‘¿qué hacemos acá?’”, relatan mientras nos muestran una foto del principio de su búnker, que contaba con apenas un sillón y un par de monitores.

“El tema es que no podíamos comprar los insumos y la mano de obra. Así que la mano de obra fuimos nosotros. Y fuimos ahí, aprendimos a usar las herramientas. Nadie sabía usar cosas”, evoca el Chino. “ Ivo casi pierde un dedo con la amoladora”, sentencia Nito que parece no creer todavía cómo es que salieron ilesos.
Pensado o por mera casualidad, el disco fue lanzado en un momento de permanente tensión en Argentina. A dos años del inicio de su gestión, el presidente Javier Milei no solo vino con la misión de reformar la economía, sino también de discutir consensos que parecían cerrados. Es en este escenario que Kish escupe su propia lectura de época, una donde la velocidad, las letras críticas y los sonidos duros están a la orden del día.
Pero a pesar del panorama complejo que pinta la banda, el disco también se presenta como una respuesta, como una poderosa idea de cómo afrontar los debates actuales.“Para mí hay una necesidad de la vuelta a lo colectivo, evidentemente. No soy muy místico ni nada, pero no creo que sea una casualidad. Hay algo de una necesidad antropológica en un momento de un individualismo galopante que se come todo lo que ve, lo que toca”, plantea el Chino cuando intentamos sacarle una explicación del porqué del impulso de hacer un disco. “Creo que hay un punto de quiebre en el que surge esto de hacerse cargo del discurso”, revela.
Kish también plantó bandera en la industria de la música, una en la que “triunfó la parte sin contenido de la música por sobre la que capaz quería decir algo”, según atestiguan los artistas.
Y, además, que ese algo esté vomitado por personas humanas. “Música hecha por gente real tocando instrumentos”, dispara Nito quién luego concluye:“A mí me gusta lo que está relacionado a la electrónica, la síntesis y todo eso. Pero, instrumentos a tracción a sangre, eso es lo más importante”.
Entre todo lo conversado puede pasar desapercibido que el último trabajo de Vacío del Medio también marca que, en pleno 2025, hay pibes que apuestan por hacer rock, algo que deja de ser una novedad y comienza a ser una tendencia: “Hoy vas a cualquier sucuchito – por ejemplo, acá en Rivadavia tenés Planta Alta – y el fin de semana está explotado de pibes escuchando rock and roll, escuchando música relativamente pesada”, aseguran.
En épocas de home-studios, la banda apuesta por erigir un lugar propio, colectivo. Mientras los charts están dominados por singles indistinguibles, VDM apostó por un disco con una lectura de época, que tardó 5 años en gestarse. Y, en un momento en dónde el ecosistema del género afronta el desafío de reinventarse, la banda pone su granito de arena. “Esa idea de que el rock está muerto… No sé si estoy de acuerdo”, sentencia Nito.