De un dios extraño

—Esta vez van a vivir —juró el Tano en voz alta mientras inyectaba el sexto bajo la luz de la lámpara.

Lo habíamos llenado de pintura naranja, porque así lo quiso el Tano y él movía la rama. No se rompió el cascarón, así que lo tuvimos que abrir nosotros. Adentro había un batido marrón más oscuro que el barro, mezclado con coagulaciones negras. Era toda una ciencia, pero el Tano le fue agarrando la mano. Sus abuelos no hablaban una palabra en español y eran seniles. Su casa se había convertido en nuestro patio de juegos, y el gallinero, en nuestro laboratorio.

Al principio íbamos todos los días a eso de las tres de la tarde. Con el tiempo nos empezamos a quedar a dormir en el cuartito del fondo y pasábamos día y noche ahí, trabajando. El Tano, Julita y yo. 

Julita, que era la más chica y vivía en la calle, hablaba casi nada y sabía leer para adentro. Solamente abría la boca para explicarnos con precisión lo que decía el Libro. Apenas ponía Inés, la única gallina, había que sacar el huevo y ponerlo en el cajón de las verduras, abajo de la lamparita un par de horas y darle una siesta de calor por día. Cuando llegáramos a la docena había que hacerlos nacer:  24/7 abajo de la lámpara unos ocho días más y recién ahí inyectarles la pintura. 

Las primeras tres camadas habían sido un fracaso total. Algunos se nos rompían al meterles el jeringazo, otros se pudrían, pero fuimos perfeccionando la técnica y yo conseguí los materiales adecuados.

Mi papá trabajaba de cirujano. Desde que se lo llevaron mi mamá casi no dormía, así que tenía que esperar a que se metiera a bañar para investigar en el cajón del estudio. De ahí saqué las jeringas, las gasas, la cinta y, lo más difícil de encontrar: la aguja justa.

El pinchazo tenía que ser sutil y de un pulso impoluto. El Tano, que era el más grande de cuerpo pero a veces parecía el más chico de cabeza, era el único que se animaba a hacer esa parte del proceso sin temblar. Julita y yo mirábamos la aguja que no pifiaba, se infiltraba en el huevo con la precisión de un dios extraño; hasta los conejos se quedaban quietos para no molestar.

Al pasar los diez días de incubación, como nos había indicado Julita, la cuarta camada había sido un éxito. Al primero le habíamos puesto verde musgo, al segundo violeta, al tercero blanco y a los otros tres mezclas de esos colores. No había otros baldes en la casa del Tano.

Julita nos dijo que la mezcla del verde con el violeta nos iba a dar un color feo, grisáceo, que era imposible que el pollito viviera, pero el Tano y yo nos imaginábamos colores nunca vistos. En mi cabeza imaginé a un pollito color guasón, como el de la historieta. El Tano le dijo a Julita que se calle, que el pollito iba a ser color maleza. Julita dejó de hablar y yo no le pregunté a qué se refería. Julita no lo contradijo porque hablaba casi nada, y yo no lo cuestioné. Con el Tano nunca se sabía, tenía algo de loco de mierda.

Mi mamá me había contado que el Tano no conocía a los papás, pero que ella los llegó a conocer. Habían llegado al barrio cuando volvió Perón, a vivir en lo de los Mazzini, que eran padres del padre. Cuando nació el Tano el papá se fue y la mamá se metió un corchazo con un 38. “Los viejos nunca lo quisieron al nieto, por eso es medio imbécil”, me había dicho mi mamá. 

Lo ví en la escuela, de lejos, hasta que empujó por la escalera a Moni Ocampo. La dejó quieta del cuello a los pies. Al Tano lo echaron del colegio y no volvió más. Empezó a andar por la calle y arranqué a juntarme con él a las semanas de que se llevaran a mi papá. La primera vez que fui a la casa, Julita ya estaba ahí con él.

La cuarta camada arrancó bien. Uno de los huevos ya se movía con vehemencia y el grito de Julita, que estaba haciendo guardia, nos despertó. Tenía una cinta pegada a la cáscara que decía “3”: era el huevo violeta. El Tano se nos puso delante, tapándonos la visión con la espalda y empujándonos de bruto hacia atrás. La cáscara empezó a romperse.

—Ayudalo —indicó Julita, y el Tano empezó a remover cuidadosamente los pedacitos de cáscara rota que permanecían pegados al huevo. Un líquido violeta y negro empezó a brotar del agujero y, casi instantáneamente, un pico lila se asomó. Los tres nos inclinamos sobre nosotros mismos para ver con mayor claridad el milagro de la vida. Nuestro milagro.

El pollito empezó a mover la cabeza y a batallar contra la carcasa de la que emergía. De base lila y plumas violetas, la criatura se ayudaba con las alas para abandonar su cuna. Era, verdaderamente, increíble. Cuando salió por completo, la nueva especie dio sus primeros pasos, mirando curioso e inspeccionando con sus patitas color uva.

Permanecimos inmóviles y callados durante unos dos minutos y, cuando volvía para reconocer su huevo, clavó sus ojos en los míos. La soledad negra de su mirada me pegó un tiro en la cara, y el animalito cayó completamente muerto sobre la paja del cajón.

Unos segundos más de silencio.

—¿Qué le pasó? —rompió el Tano, ahogando un sollozo.

—Se murió —contestó Julita.

Nadie le despegaba los ojos al cuerpo del bebé sin vida que habíamos creado.

—Hijo de mil putas… —refunfuñó el Tano apretando los dientes, y empezó a darle golpecitos en el cuerpo buscando inútilmente alguna reacción. 

El segundo huevo, el verde, nació unas horas después, pero no llegó a sacar todo su cuerpo del cascarón. Murió con la cabeza colgando sobre el hoyo que hizo junto a la ayuda del Tano. Verde lima y muerto.

Los otros siguieron el mismo camino. El blanco caminó unos segundos pero finó al tocar la madera del cajón. Parecía que el aire fuera tóxico para ellos. Me pregunté si también, en menor medida, lo era para nosotros.

El único que no llegó ni a moverse fue el color maleza, el guasón. Esperamos un día entero y nada. El Tano lo agarró, miró a una Julita inmutable con brazos en jarra, y lo reventó contra la pared de concreto. El cajón donde nacieron las criaturas se había transformado, de golpe, en el rescoldo de un campo de batalla variopinto. Algunos más verdes, otros más violetas y uno completamente blanco, todos muertos en distintas posiciones y rincones del cajón.

Una mancha de un color horrible —Julita tenía razón, el maleza era espantoso— había quedado estampada en la pared, chorreando hacia abajo con pedacitos de cáscara y coágulos rojos. Justo debajo, mucha cáscara, un piquito, lo que parecían ser partes deformadas de un ser que no mereció llegar al mundo y mezcla de jugos con sangre desparramados en el piso.

Por un tiempo no volvimos a intentarlo ni a jugar en lo del Tano. Nos dedicamos los tres a caminar por la calle. Cada tanto, jugábamos a las escondidas pero no la dejábamos contar a Julita, porque nos encontraba muy rápido. 

Una tarde, al Tano se le ocurrió que nos metamos en la Iglesia. Él hizo la señal de la cruz al entrar y con Julita fuimos directamente a sentarnos frente al altar. Los vitrales eran gigantes y muy bellos. Julita miraba uno en particular, estupefacta. Era el más chico de todos, ubicado al costado de la cruz en la que estaba colgado Jesús. La imagen era de la Virgen con el Niño en brazos, ambos con los ojos cerrados. La combinación de colores era la mejor, la más bella: celeste y blanco, corazón granate y marco dorado. Julita no habló, pero me habría dicho que esa parte del vitral era amarilla. El sol de frente era el que teñía los vidrios de dorado, e inundaba de luz toda la iglesia.

Julita me tocó el hombro y me volteó la vista. Me hizo un gesto con la cabeza, apuntando al Tano que estaba en el fondo. Rezaba, arrodillado, juntando la frente con las manos entrelazadas. Murmuraba algo, y el eco nos enviaba un balbuceo inentendible. Cuando el Tano salió, nosotros hicimos lo mismo.

Ya en la calle y con el sol poniéndose, el Tano nos disparó: —Mi abuela Berta va a matar a Inés. Nos la vamos a comer. 

No respondimos.

—Piensa que ya no pone más. Que hace meses no pone. Puse a nacer los últimos huevos.

***

A los pocos días volvimos a lo del Tano. Julita estaba limpiando con la gasa el último huevo, que estaba inyectado de color sol. El Tano le había dicho que era una estupidez, que el Sol no se puede ver y que no sabíamos qué color tenía. Yo insistí y accedió a inyectarlo. 

Al día siguiente empezaron a sacudirse. Esta camada era solamente de cuatro, y el Tano los había inyectado de colores “más puros”, según él. El azul nació y, como las camadas anteriores, llegó a eso de los dos minutos conociendo el mundo. Por su parte, el rojo y el negro rompieron el cascarón casi juntos. El negro no llegó a salir del todo, pero el rojo rompió el récord que ostentaba el verde musgo: tres minutos caminando y moviendo las alitas. Era elegante, soberbio. El Tano sonrió apenas asomó la cabeza, y le pegó una patada a la jaula de los conejos cuando murió. Los conejos y yo dimos un respingo por el golpe.

El Tano pasó la tarde furioso, caminando por el patio con las manos en la cabeza. En cierto momento se puso a llorar, pero nadie soltó media palabra. No conversábamos. Julita y yo estuvimos horas dentro del gallinero. Limpiamos los restos inertes del cajón, para que el huevo absorbiera todo el calor que podía dar la lámpara. Una de las indicaciones que Julita había sacado del Libro era esa: mientras más huevos hubieran bajo la lámpara, más tardarían en nacer los pollitos de colores.

Con el sol muriendo apareció la abuela Berta. No nos dirigió la palabra, nunca lo había hecho. Solamente agarró a Inés, que hizo dos o tres cacareos vitales, y se la llevó a upa. Julita la saludó con la mano. 

A los pocos minutos, los movimientos del huevo eran ya constantes y bruscos. Llamé al Tano y vino corriendo. Tenía los ojos hinchados. La criatura picaba desde dentro con más velocidad y fuerza que el resto. Por lo general, el huevo podría estar moviéndose una tarde entera antes de romperse, pero éste había estado menos de dos horas.

Con la brutalidad con la que el Tano había pateado la jaula, un pico de oro brotó del huevo, rompiendo buena parte de la cáscara y un destello de luz salió desde dentro. No nos vi, pero estoy convencido de que el rostro de los tres se pintó de dorado cuando la criatura sacó del todo la cabeza. Rompía el huevo con velocidad divina. El cajón, los conejos, todo el gallinero y parte del patio fue iluminado por el Sol que los tres habíamos creado.

Salió y desplegó las alas. Tenía muchas más plumas que los anteriores y brillaba más que el foco de la lámpara que tenía encima. Caminaba con saltos llenos de vida y se desplazaba reluciendo y llevando la luz por el cajón.

Solito como nació, sin ayuda de nadie, saltó del cajón y comenzó a andar por el resto del gallinero. Nosotros, quietos, lo seguíamos con la mirada y soltábamos risas desencajadas, inesperadas. La belleza era inédita. Ningún ser vivo, pintura ni vitral podrían asemejar la vida que tenía. Era difícil identificarle la piel, por el plumaje brillante, y los ojos. Los tenía cerrados, quizás porque el brillo que Él mismo irradiaba era demasiado.

Los minutos fueron milisegundos, y mientras el silencio radiante nos tenía embebidos, un doble cacareo ahogado nos desconcentró. No llegamos a voltear la cabeza cuando un golpe seco e inconfundible sonó desde la cocina. El cacareo se detuvo tan desesperadamente como comenzó y unos gorriones salieron volando desde la terraza por el sobresalto.

Al mismo tiempo, los tres volvimos la mirada a la Criatura, que ahora apuntaba su pico hacia nosotros. Lentamente, la luz comenzó a hacerse tenue y sus párpados empezaron a abrirse. La oscuridad en sus ojos era absoluta. La falta de brillo, desoladora. De a poco, el patio volvió al azulado crepuscular, el gallinero a la tenebrosidad de la muerte y el cajón a la luz artificial de la lámpara.

Antes de que se le cayera la primera lágrima, el Tano aplastó al pollito con el pie, desparramando el mismo jugo, los mismos huesitos y las mismas plumas de siempre. La misma sangre que Inés y el resto de los pollitos incubados.

Esa noche, los tres comimos lo que rescatamos de la estación de tren, iluminados por el único farol que había en la plaza central.