RITO:
1. m. Ceremonia o acto, espec. religiosos, que siguen unas reglas establecidas.
2. m. Conjunto de reglas establecidas, espec. para el culto y las ceremonias de una religión o iglesia.
3. m. Costumbre o práctica muy firmes o arraigadas.
El fútbol nacional es uno de los pocos santuarios que se conserva como un ritual colectivo de idiosincrasia argentina en una época de orfandad simbólica. En tiempos donde la hiperindividualización arrasa con las prácticas comunitarias y los símbolos nacionales se erosionan, los estadios siguen ofreciendo un espacio de encuentro entre generaciones. Condensan un lenguaje compartido donde los colores, los estandartes y las canciones tejen una pertenencia inmediata; ahí, en esa comunión de cuerpos y voces, se vuelve posible reconocerse parte de algo más grande que uno mismo.
Es así que el fútbol argentino se ve naturalmente atravesado por una coyuntura política y cultural que lo transforma desde sus cimientos: la irrupción de una idea revivida del pasado, la de convertir a los clubes en Sociedades Anónimas, en un escenario históricamente compuesto por instituciones que pertenecen a sus socios. Resistida por la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), que bajo el comando de Claudio “el Chiqui” Tapia se convirtió en una institución que responde a las demandas de un sector de la sociedad actual y adoptó una postura confrontativa contra las medidas deportivas del gobierno de Javier Milei.
En ese contexto, a mediados de 2025 – y como es de costumbre al menos una vez al año – aparecieron noticias sobre la inminente vuelta de los visitantes al fútbol argentino. Luego de doce años, dos partidos se disputaron con ambas parcialidades presentes: Instituto de Córdoba vs River Plate, en el estadio Mario Alberto Kempes en Córdoba, y Lanús frente a Rosario Central en La Fortaleza, en el marco del regreso de Ángel Di María al fútbol argentino. Las condiciones para que se pueda llevar adelante la medida fueron; que sean aproximadamente 7000 las localidades para el visitante; que la barra y las filiales no puedan viajar en micros escolares sino en ómnibus de larga distancia y que las banderas tengan tamaños determinados.
“Es un día importantísimo para el fútbol argentino, marcará un antes y un después. Si bien se viene trabajando desde hace tiempo, es un día histórico porque es el principio para la vuelta del público visitante, para que los clubes que estén en condiciones y quieran recibir visitantes lo puedan hacer” remarcó el presidente Tapia durante el anuncio.
Ahora bien, la disputa por la vuelta de los visitantes puede pensarse como un intento de salvataje en un contexto más amplio de mercantilizar el fútbol, en donde el ritual colectivo y el rol social de los clubes entran en tensión constante con una lógica de negocio individualista, en la que prima el mercado y los partidos se convierten en espectáculos deportivos de entretenimiento, relevantes casi exclusivamente en torno a la rentabilidad financiera.
En esa tensión también se cuela una dimensión estética; en los últimos doce años pasamos de estadios colmados de serpentinas, bengalas, tirantes y trapos; de movilizaciones masivas de hinchas por todo el país para acompañar a sus equipos y de un canal televisivo gratuito como Fútbol para Todos – que con aciertos y errores, buscaba democratizar el acceso al fútbol argentino – a una lógica completamente distinta, con ingresos simultáneos de los equipos sin mística ni peso de la localía, tribunas más despojadas, y transmisiones restringidas sólo a quienes pueden pagar una plataforma. Un fútbol que pierde su ritualidad en nombre de la eficiencia, que abandona el color y el calor de lo popular para transformarse únicamente en un espectáculo rentable.
En conversación con este medio, el investigador Pablo Alabarces señaló que lo que se produjo fue un “vaciamiento de la ritualidad”: “El Estado, al prohibir a los visitantes, renunció a una capacidad esencialmente democrática: la posibilidad de que dos personas que piensan distinto en algo tan banal como el fútbol puedan compartir el mismo espacio.”
Para recordar el último partido en que dos equipos se encontraron con ambos públicos presentes en una cancha, hay que remontarse al 10 de junio del año 2013, cuando Estudiantes y Lanús se enfrentaron para disputar la fecha 17 del Torneo Final de Primera División, en el actual Estadio Diego Armando Maradona en La Plata. Previo al partido, la Policía bonaerense se enfrentó con la hinchada granate, y al momento de su ingreso, desataron una represión feroz y desmedida, que con un disparo le provocó la muerte a Javier Gerez, de 38 años, por un agujero de cuatro centímetros en el tórax. Automáticamente, la AFA hizo extensiva la medida que en principio fue impuesta para la Provincia de Buenos Aires al resto del país: no habría más visitantes en el fútbol argentino.
En ese sentido, Alabarces advierte que “la prohibición fue una medida ridícula, adoptada en un contexto donde el Estado no supo qué hacer para frenar la violencia y, lo paradójico, es que la tragedia que justificó la medida había sido provocada por la propia Policía, no por los hinchas. Es decir, que la violencia fue la causa aducida para eliminar a los visitantes.” Al mes siguiente, se hizo una prueba piloto en un triangular de invierno en el que se enfrentaban San Lorenzo, Estudiantes y Boca Juniors. En este contexto, el 21 de julio en las inmediaciones del Nuevo Gasómetro, una interna desatada al interior de La Doce que dejó un saldo de dos muertos, terminó ratificando una decisión que parecía irreversible hasta hoy.
En este marco, la medida dispuesta por la AFA pone en jaque algunas estructuras que se fueron consolidando a lo largo de los últimos años en un fútbol que no admite visitantes; el elevadísimo costo de los operativos policiales, la logística que implica la movilización de las barras, la ausencia de un sistema seguro y eficiente para la venta de entradas, las limitaciones de capacidad en los estadios que se agotan todos los partidos con los simpatizantes locales, y sobre todo, un cambio cultural marcado por una intolerancia al otro naturalizada, que conspiran contra el viejo “folclore” que surgía del encuentro entre hinchas de diferentes equipos.
En lo que respecta a los operativos policiales, cualquier simpatizante de un club que frecuenta un estadio con regularidad sabe que la experiencia de ingresos y control policial resulta casi todas las veces problemática, obstaculizante y sobre todo ineficaz. Hay una sistemática desatención a la condición de los hinchas, que son tratados como sospechosos por defecto y responsabilizados de todos los males que atraviesan una cultura futbolística históricamente atravesada por la violencia, que no es exclusiva de los aficionados, sino también de quienes tienen la obligación de garantizar su seguridad.
Incluso con operativos de miles de efectivos, durante estos doce años sin visitantes, hubo heridos, represión desmedida e incluso muertes. Es decir, la exclusión del público visitante no resolvió el problema de fondo; la violencia persiste, porque lo que está fallando no es la presencia del adversario en la tribuna, sino un sistema entero que no ha sabido (¿o no ha querido?), abordar el conflicto con otra lógica que no sea la de la criminalización y el control.
Claro es el ejemplo de la final de la Copa Libertadores del año 2018, cuando el 25 de noviembre River y Boca debían enfrentarse en el Estadio Monumental para definir quién sería el ganador de lo que los medios de comunicación determinaban como “la final del mundo” o un “partido de vida o muerte” y una piedra arrojada por un simpatizante en la esquina de Libertador y Quinteros rompió una de las ventanas del micro que transportaba a los jugadores del club de La Ribera, provocandole una herida a Pablo Perez, mediocampista de Boca, y generando un desenlace por lo menos inesperado: la suspensión del partido y el traslado de la sede al Estadio Santiago Bernabeu en Madrid.
En esa línea, Alabarces en diálogo con revista Anfibia, luego de la final de Copa Libertadores fallida entre River y Boca reflexionó: “Nadie se pregunta por qué: sencillamente, porque los hinchas, “empoderados” (como es tan frecuente decir ahora), están convencidos de que su participación es decisiva en el espectáculo futbolístico. Con su aliento, con sus banderas, con su fiesta, con su aguante, con su pasión, con sus insultos, con sus amenazas, con sus promesas de violaciones, con sus afirmaciones letales, con sus piedrazos. Después de todo, apedrear un micro es la forma más eficaz de garantizar la eficacia de esa intervención imaginaria en el resultado. O que deje de ser imaginaria.
Entonces: para llevar un micro con jugadores, casi sin custodia, al lugar donde lo esperan algunos miles de hinchas rivales, hay que ser un pelotudo, o funcionario público”.
Cabe realizarse al menos algunas preguntas alrededor de esta problemática; en primer lugar, ¿cuáles son los límites de ese “folclore” que se construye alrededor de la enemistad con el otro, donde todo parece estar permitido excepto no hacer nada, y en cuyo afán de intervenir sobre el espectáculo se toleran niveles de violencia que, en última instancia, terminan justificando las decisiones de quienes establecen las reglas y restricciones del deporte?
Más allá de que puede pensarse como un problema estructural, que excede al fútbol y atraviesa a la sociedad en su conjunto, lo cierto es que el fútbol argentino se ha convertido y permanece como un ámbito donde la violencia se encuentra naturalizada, y frente a eso, existe una responsabilidad compartida que no puede ser eludida. La fiesta dejó de ser carnaval para volverse tragedia; en palabras de Alabarces, “la relación entre hinchadas desplazó lo carnavalesco y festivo, por el ritual trágico y funerario”.
Por otro lado, teniendo en cuenta a su vez que los clubes siguen siendo, al menos formalmente, asociaciones civiles sin fines de lucro, surge la pregunta sobre cuánto pesa en la reconstrucción del ritual la voluntad de sus verdaderos dueños: los socios y las socias. ¿Qué lugar ocupan en esta disputa por el sentido del fútbol quienes lo sostienen semana a semana, quienes heredan su pertenencia y transmiten su identidad como un legado?
El ritual futbolero no es solo un espectáculo pasivo, sino algo que pertenece activamente a quienes lo sostienen: sus hinchas. Si el fútbol es todavía uno de los pocos rituales colectivos que sobreviven en una sociedad cada vez más individualista, su preservación, y su posible transformación, no puede pensarse al margen de quienes lo encarnan. La vuelta de los visitantes, el rechazo a las Sociedades Anónimas, el deseo de un fútbol más humano, son también expresiones de esa voluntad.
Asimismo, cabe preguntarse acerca de la existencia de un factor menos visible pero profundamente determinante: toda una generación criada en los estadios sin la presencia del público adversario. Esa generación heredó estadios mucho más homogéneos, más controlados y más monótonos. Un fútbol sin visitantes, un fútbol sin diálogo y sin el juego simbólico de enfrentamiento con un otro. Un fútbol que funciona como caja de resonancia de una sola voz.
Pero es ahí, en el encuentro con el otro donde se puede observar la potencia del lenguaje común; es ese juego del enfrentamiento lo que le da sentido al ritual. Se trata entonces de la pérdida de un vínculo, de la tensión creativa entre rivales, de un espacio de identificación y antagonismo compartido, que es en sí mismo la dimensión más profunda del ritual; la del encuentro.
Esta situación se cristaliza también en las decisiones de los clubes de oponerse, al menos en principio, a la idea del regreso de los visitantes en el fútbol argentino. La resolución de continuar teniendo sólamente público local, sobre todo de los clubes grandes, radica en la realidad concreta: llenan los estadios sólo con sus hinchas, no necesitan a ambas parcialidades para recaudar millones. En ese sentido, Alabarces reflexiona “no es lo mismo la situación de los clubes grandes que tienen todo vendido, que lo que significa para los clubes del interior, que el regreso de los visitantes les permitiría vender la totalidad de la capacidad, y aunque sea sólo por eso habría que restablecer el retorno de visitantes.”
Pero esta lógica nueva no responde a una cuestión estrictamente ligada a la seguridad o a la logística, responde también a una nueva configuración del espectáculo; es una decisión cultural, comercial y generacional, donde la ganancia económica pesa más que el ritual compartido, y donde la experiencia del hincha está moldeada por intereses más vinculados con lo corporativo que con aquello que forjó la identidad de nuestro fútbol.
La decisión de continuar teniendo solamente público local es también entonces una batalla por el sentido construido alrededor del ritual. Si el fútbol sigue siendo uno de los últimos espacios de comunión nacional, ¿qué pasa cuando ese ritual se convierte en un espectáculo vigilado, privatizado o atomizado?
El recorrido realizado deja abiertas algunas preguntas como posibles disparadores acerca de aquello que cuestionamos y que nos cuestionamos ante una problemática que se encuentra en el seno de uno de los pilares de la identidad nacional.
La disputa alrededor de la recuperación de los visitantes en el fútbol argentino es necesariamente una disputa en torno a la construcción de la argentinidad, a los fundamentos de nuestra identidad, y también al fútbol que queremos construir. Uno que se parezca más al espectáculo vigilado y aséptico de las sociedades anónimas, o uno que aún conserve algo de esa dimensión popular, impredecible y profundamente humana. Un fútbol que perdimos en esencia, y que no estamos resignados a dejar atrás, o la posibilidad de reconstruirlo con un sentido propio.
Para eso también resulta imprescindible realizar el ejercicio común de revisar las prácticas sociales y las violencias que lo atravesaron, y que aún lo atraviesan, no como excusa para justificar su vaciamiento, sino como condición para volver a habitarlo colectivamente, pensando formas nuevas de convivencia en la diferencia.
Para Alabarces, el problema tiene solución: “Lo que hay que hacer es seguir creyendo en los rituales colectivos y seguir defendiéndolos. Yo creo que es posible llegar a acuerdos colectivos y que es posible entonces reestablecer el valor del ritual festivo y carnavalesco.”, convenciendo a los hinchas de que si quieren que vuelva la fiesta deben asumir compromisos para cuidarla. Esa posibilidad de acuerdos colectivos, de reconstruir el ritual, es quizás el horizonte desde el cual pensar si la vuelta de los visitantes puede ser algo más que un mera medida reglamentaria.
El regreso definitivo de los visitantes – si es que ocurre en 2026 -, no debe pensarse como una concesión excepcional, sino como una forma de reconstruir el entramado simbólico del fútbol argentino.