encuentro:
1. m. Acto de coincidir en un punto dos o más cosas, a veces chocando una contra otra.
2. m. Acto de encontrarse (‖ dar con alguien o algo).
En Río Grande, la causa Malvinas se vive de una manera distinta. La memoria de la guerra no se construyó sólo a partir de los relatos nacionales, sino desde la experiencia directa de una ciudad que sintió el conflicto de cerca. Una ciudad que, décadas después, se reúne cada 1° de abril frente al mar para sostener ese recuerdo.
Esa escena se repite cada año en numerosas ciudades argentinas. Mientras el día se apaga, en distintos puntos de nuestro país, muchas personas se reúnen para esperar juntas el inicio del 2 de abril. Sin embargo, en Río Grande la vigilia por Malvinas adquiere otra escala. Por su cercanía con las islas —a exactamente 592 km— y por su propia historia durante la guerra, la vigilia se vuelve algo más que una conmemoración: es un encuentro de historias personales atravesadas por el dolor y una memoria colectiva que busca seguir transmitiéndose.
La ciudad de Río Grande no fue solamente el escenario donde años después nacerían las vigilias. Durante la guerra de 1982 también ocupó un lugar estratégico en la retaguardia argentina. Desde su aeropuerto y sus instalaciones militares partieron aeronaves de la Fuerza Aérea y de la Aviación Naval que operaban en el Conflicto del Atlántico Sur, aprovechando la cercanía geográfica con las islas. Durante los 74 días que duraron los combates, la ciudad convivió con el movimiento constante de aviones, tropas y logística militar, convirtiéndose en uno de los puntos continentales cruciales del teatro de operaciones.
Esa proximidad con el territorio transformó la vida cotidiana de la población. Se organizaron sistemas de defensa civil, se designaron jefes y jefas de manzana y se realizaron simulacros ante la posibilidad de ataques aéreos. En las escuelas se preparaba a los estudiantes para eventuales emergencias y existía incluso un plan de evacuación hacia las estancias cercanas en caso de bombardeo. Para muchos vecinos, la guerra no era una noticia lejana sino una experiencia vivida día a día; algunos recuerdan contar los aviones que despegaban hacia Malvinas y esperar su regreso como una forma silenciosa de medir el curso del conflicto.
La vigilia nació lejos de los despachos oficiales y no es casualidad que lo haya hecho, justamente, en Río Grande. En 1995, un pequeño grupo de excombatientes comenzó a reunirse en casas de familia para recordar y homenajear a sus camaradas de armas en la antesala del 2 de abril. “De a poquito se fueron sumando compañeros”, recordó en diálogo con La Tuerta Alberto Ante, presidente del Centro de Veteranos de Río Grande, hasta que decidieron trasladar ese encuentro a la costa, frente al mar que los separa —y al mismo tiempo los conecta— con las islas.
El frío, el viento patagónico y la intemperie marcaron esa primera noche. Improvisaron refugios con chapas, nylon y una carpa prestada por el Batallón 5. Encendieron un fuego dentro de un tacho de 200 litros para calentarse mientras compartían anécdotas y recuerdos en común. Con el tiempo, ese gesto se convirtió en un símbolo: “Esa llama no se apaga jamás, por todos aquellos que quedaron en la tierra malvinense y en aguas argentinas.”, prometió Ante.
El lugar tampoco fue casual. Se reunieron frente al antiguo monumento a los pilotos de la Fuerza Aérea que partían hacia Malvinas durante el conflicto de 1982. Como nos comentó Santiago Barassi, Subsecretario de Asuntos Estratégicos de la Municipalidad de Rio Grande, ese gesto ocurrió “en el momento de mayor desmalvinización, cuando el reconocimiento a los veteranos era prácticamente nulo”. Desde ahí, con la vista puesta en el Atlántico Sur, los excombatientes comenzaron a encontrarse cada año para recordar a sus compañeros y esperar juntos la llegada del 2 de abril.
Con el paso del tiempo, la carpa improvisada dio lugar a una estructura cada vez más grande, construida con el aporte de los propios veteranos y la comunidad, que hoy recibe el nombre de “Carpa de la Dignidad”. Ese encuentro que comenzó siendo íntimo fue creciendo hasta convertirse en una práctica colectiva sostenida por toda una comunidad malvinera que cada año vuelve a reunirse en ese mismo punto para compartir la espera.
El escenario de la vigilia con los años se fue cargando de sentidos: monumentos con nombres de los 649 combatientes, símbolos de las distintas fuerzas que participaron del conflicto, 323 eslabones de cadena que recuerdan a los caídos del ARA General Belgrano, una mira telescópica que apunta a Malvinas y una llama permanente construyen una memoria material que acompaña la vigilia. Cada elemento inscribe la experiencia de la guerra en el presente.
La trascendencia de ese encuentro llevó incluso al Congreso de la Nación a sancionar, en 2013, la Ley 26.846, que declara a Río Grande como la Capital Nacional de la Vigilia por la Gesta de Malvinas. Como suele ocurrir, el reconocimiento oficial e institucional llegó mucho después de que la tradición ya estuviera arraigada en la sociedad.
Con el paso del tiempo, esa práctica fue expandiéndose a lo largo y ancho del país, replicándose en distintas ciudades donde la memoria de Malvinas también se vive con intensidad: desde Ushuaia y Río Gallegos en la Patagonia, hasta Bahía Blanca, Mar del Plata y La Plata en la provincia de Buenos Aires, pasando por Rosario y hasta la propia Ciudad de Buenos Aires por primera vez en 2025, así como también en muchos puntos más del país. En cada uno de ellos, la vigilia adopta matices propios, pero conserva un mismo espíritu: el de una comunidad que, año tras año, se reúne para sostener viva la memoria, rendir homenaje a los caídos y reafirmar el reclamo de soberanía.
Sin embargo, en Río Grande hay una marca distintiva: la vigilia está atravesada por una regla no escrita pero profundamente arraigada, el respeto. No se produce una lógica de espectáculo; la música es sobria, los silencios se sostienen y la palabra la tienen, exclusivamente, los veteranos.
Así como tampoco se limita a una sola noche. La vigilia comienza días antes, con la participación de escuelas, instituciones y vecinos que recorren la carpa, escuchan relatos y reconstruyen, a través de objetos, escenas y testimonios, lo vivido durante la guerra.
En palabras de Barassi, “Río Grande fue una ciudad que nunca le dio la espalda a los veteranos, que estuvo con ellos durante el conflicto, pero sobre todo después. Por eso tantos veteranos eligieron irse a vivir a la ciudad, porque era el lugar donde no solamente se sentían cerca de las islas, sino también reconocidos como héroes de la patria.”
En la noche del 1° de abril de este año, la vigilia volvió a desplegar su secuencia habitual, combinando elementos religiosos, militares y populares, pero con una masividad que reafirma su lugar como epicentro nacional de la conmemoración. El encuentro comenzó a las 20 horas en la Carpa de la Dignidad con una misa de campaña, que marcó el inicio formal de la jornada. Más tarde, cerca de las 21.30, tuvo lugar uno de los momentos más representativos: el ingreso de antorchas frente al Monumento a los Caídos, que simbolizan la llama de la memoria.
A lo largo de la noche, se sucedieron las escenas ya instaladas en la vigilia: la recreación simbólica del desembarco argentino, también conocido como Operación Rosario, a cargo del Batallón 5, danzas en homenaje a los caídos y el ingreso de las banderas que acompañan a los veteranos.
La vigilia de este año también estuvo atravesada por una fuerte presencia política. Junto al gobernador de Tierra del Fuego, Gustavo Melella, y el intendente de Río Grande, Martín Perez, participaron los gobernadores del justicialismo Axel Kicillof y Ricardo Quintela. También hubo representación de La Libertad Avanza, encabezada por el senador Bartolomé Abdala, y de la Unión Cívica Radical, con la presencia de su presidente, Leonel Chiarella. Desde la organización expresaron que “pocas veces vienen tantos dirigentes de diferentes espacios políticos”.
A las doce en punto, una sirena atravesó el silencio de la noche patagónica y marcó el comienzo del 2 de abril. Durante unos segundos, toda la ciudad quedó en silencio, solo se escuchó el viento y el mar golpeando la costa. Luego llegaron el himno, los discursos —reservados a los veteranos—, el minuto de silencio y las salvas que recuerdan el paso del tiempo desde la guerra, que este año fueron 44.
Las vigilias no dependen exclusivamente de decisiones gubernamentales ni de calendarios oficiales. Se sostienen desde abajo, desde las comunidades que año tras año vuelven a organizar el encuentro, desde los centros de veteranos que mantienen viva la memoria y desde quienes consideran que Malvinas sigue siendo una lucha irrenunciable de la historia nacional.
Hay algo profundamente significativo en esa persistencia. En una época marcada por la fragmentación social, por la hiperindividualización de las experiencias y por la dificultad creciente para construir espacios comunes, la vigilia propone exactamente lo contrario: detenerse, reunirse y compartir un espacio dedicado exclusivamente a la preservación de la memoria.
Malvinas ocupa un lugar singular dentro de ese mapa de encuentros posibles. En una Argentina atravesada por divisiones políticas intensas, pocas causas logran convocar un consenso tan amplio como la reivindicación de la soberanía sobre las islas. Durante décadas, gobiernos de distinto signo ideológico sostuvieron esa posición como una política de Estado y la sociedad argentina la incorporó como parte constitutiva de su identidad.
Pero lo que ocurre en las vigilias va más allá de la política institucional. La cuestión de la soberanía, la memoria de la guerra y el reconocimiento a los veteranos forman parte de una conversación que sigue abierta dentro de la sociedad. No solo porque el conflicto continúa vigente en términos diplomáticos, políticos y simbólicos, sino también porque sus sentidos siguen siendo discutidos, resignificados y transmitidos entre generaciones.
Esa conversación incluye, también, una deuda persistente en torno al reconocimiento de quienes participaron de la guerra. Durante años, muchos excombatientes quedaron por fuera de los relatos oficiales y sus historias personales tardaron décadas en ser escuchadas. Casos como el de conscriptos que asistieron a sobrevivientes del hundimiento del ARA General Belgrano en Ushuaia —y cuya experiencia comenzó a visibilizarse mucho tiempo después— exponen una herida que permanece abierta en la memoria colectiva.
Malvinas hoy: memoria, identidad y soberanía
Pensar Malvinas hoy, entonces, no remite únicamente a la memoria de la guerra sino también a las formas en que esa experiencia sigue siendo vivida, narrada y resignificada en el presente. En ese punto, el reciente trabajo del abogado y malvinólogo, Juan Augusto Rattenbach, aporta una mirada contemporánea clave para entender esa dimensión.
En Crónica de una incursión a Malvinas (2026), el autor propone un recorrido que va más allá del testimonio o la crónica de viaje. A partir de su propia experiencia, construye una reflexión sobre lo que significa hoy vincularse con las islas: cómo llegar, cómo se vive allí y cuáles son los lazos históricos, culturales, económicos y, sobre todo, identitarios que siguen uniendo a Malvinas con el continente.
Pero lo más significativo no está únicamente en la descripción o la reconstrucción histórica, sino en la pregunta que atraviesa todo el relato: qué implica malvinizarse hoy. En ese sentido, la causa Malvinas aparece no sólo como un territorio en disputa, sino también como un espacio simbólico donde distintas generaciones vuelven a encontrarse para pensar la soberanía desde su propia experiencia.
En la introducción de su libro, Rattenbach advierte: “Para viajar a nuestras Islas recomiendo estar espiritualmente preparado. Allí se puede pasar del dolor más profundo a la felicidad y adrenalina más extremas. Uno siente al ‘regresar’ el cierre de una puerta al ras de la espalda. Una puerta que jamás volverá a abrirse porque uno nunca vuelve a ser el mismo: Malvinas siempre es un viaje sin retorno”.
Esa idea del viaje como transformación dialoga directamente con lo que ocurre cada 1° de abril en las vigilias. Porque malvinizar —en el sentido que propone Rattenbach— no se trata de sostener un reclamo puramente diplomático, sino que es encontrarse con una parte constitutiva de la identidad argentina, que transforma a quien se acerca a ella: “La malvinización como forma de conectar con nuestro deber y, por extensión, con nuestro destino como nación.”
En diálogo con LA TUERTA, Rattenbach sostiene que, lejos de debilitarse, el consenso social en torno a Malvinas muestra signos de revitalización: “Más allá de la paradoja de que se votó un presidente que dijo abiertamente que es admirador de Margaret Thatcher, yo lo que veo es que hay una revitalización del sentir nacional, de las reivindicaciones de soberanía, y que de alguna manera eso va a decantar necesariamente en un futuro gobierno post-Milei que haga hincapié en la soberanía nacional.”
Esa revitalización no surge en el vacío, también es el resultado de procesos culturales más largos. “Estamos viviendo una cosecha de las políticas remalvinizadoras del 2003 al 2015 y específicamente del 2011 al 2015”, señala, al tiempo que advierte que, incluso frente a contextos adversos, como el actual o el periodo 2015-2019, la identidad malvinera parece haber alcanzado “un punto de no retorno”.
La historia de las vigilias dialoga directamente con esa idea; nacidas en los años 90’ —en pleno contexto de desmalvinización—, estas prácticas comunitarias funcionaron como espacios de resistencia simbólica. En esos años, muchos excombatientes atravesaban situaciones de invisibilización, precariedad y falta de reconocimiento; fue también un período atravesado por un fuerte aumento de suicidios entre los veteranos. “Las vigilias nacen en la etapa más cruenta de la desmalvinización”, explica Rattenbach, y destaca que fueron ciertas ciudades —como Río Grande— las que mantuvieron viva esa memoria cuando parecía diluirse en otros ámbitos.
El autor, asimismo, señala el vínculo inescindible entre memoria y soberanía: “Yo creo que hoy la memoria no se está ejerciendo por la memoria misma, sino que se está ejerciendo con miras de soberanía. Es decir, no es un ritual meramente conmemorativo, es memoria para la soberanía, el pasado dialogando con el presente y con el futuro.”
Esa proyección también se juega en la forma en que se transmite la historia. Frente a generaciones que no vivieron la guerra, Rattenbach marca una diferencia: “La generación que vivió en su infancia o su adolescencia durante la guerra en los grandes centros urbanos, se la pasaron durante 30 años, y algunos lo siguen haciendo, de etiquetar o adjetivar a quienes estuvieron en Malvinas en el 82’, sin preguntarles a ellos cómo vivieron, qué vivieron y qué sienten respecto del tema. Y creo que la gran diferencia es que nosotros nos alejamos de los intelectuales, y estamos tratando de interpretar la guerra de Malvinas de primera mano de quienes verdaderamente fueron los protagonistas y estuvieron en primera línea de trinchera”.
En los últimos años, muchos de los espacios tradicionales de encuentro social que atravesaron históricamente nuestra sociedad parecen haberse debilitado. La vida cotidiana parece cada vez más organizada alrededor de trayectorias individuales, dispositivos personales y consumos fragmentados. Los momentos de encuentro colectivo se vuelven más escasos y más difíciles de sostener en el tiempo.
En ese contexto, también cambian las formas en que se construye la memoria. Para generaciones que no vivieron la guerra, el vínculo con Malvinas ya no pasa por la experiencia directa sino por los relatos que circulan, las interpretaciones en disputa y, cada vez más, por la necesidad de reconstruir ese sentido a partir de nuevas preguntas. Esa distancia, lejos de debilitar la memoria, abre la posibilidad de volver a pensarla.
La vigilia aparece así como un gesto que resiste esa lógica. Un espacio donde generaciones distintas se reúnen alrededor de una memoria común, resistiendo al olvido. Cada 1° de abril, cuando miles de personas vuelven a reunirse para esperar la medianoche, se renueva también la posibilidad de coincidir en un mismo lugar y en un mismo tiempo alrededor de un recuerdo que sigue siendo compartido.
Tal vez por eso, más de 40 años después de la guerra, Malvinas sigue ocupando un lugar central. “Malvinas básicamente para mí es un lugar de encuentro”, sintetiza Rattenbach.
En tiempos donde tantas cosas parecen empujarnos hacia la fragmentación, la vigilia recuerda algo sencillo y profundamente político: que todavía somos capaces de encontrarnos.