¡Ay, Indio! ¿Por dónde empezar? Quizá, siéndote honesto: escribo esto con el corazón en la mano. Roto y mal parado. Con la certeza de que es imposible que este joven pueda ponerle palabras a este hasta pronto. ¿Cómo escribir algo sobre el tipo que dominaba el vocablo como nadie? Pero, acá va mi intento. Porque lo necesito, como tantos otros.
Un país entero intenta comerse este dolor, Míster. De Norte a Sur. De Plaza de Mayo hasta el fin del mundo. No quiero decir que te llora, aunque es cierto. Pero estaría traicionando a la verdad. También ríe, festeja, celebra y canta. Al final de cuentas, son solo canciones. Seguro estarías orgulloso. Fue como nos enseñaste: espontáneo, brotó por los poros. Sin organización oficial, ajenos a los tironeos de siempre. Con el boca a boca – digital, es verdad – pero en plena consciencia de que creció el fuego y, consecuentemente, queríamos estar ahí.
Encontrar un hilo conductor a este desorden de relato es una tarea que fue abandonada en el primer carácter. Lo cierto es que mucho ya fue dicho, porque todos nos vimos en la necesidad de despedirte. Todos quisimos ser poetas que te dedican su obra prima en un gran extraño ritual melancólico al que nos tiene acostumbrados Argentina cuando se despide de un hijo pródigo.
Los Redondos nos atravesaron a todos. Cumplieron con el primer requisito para ser eternos: no serles indiferentes a nadie. Recorrieron nuestras venas como un líquido pesado, viscoso, tóxico, pero que nos calentó el alma. Y el orgullo. Se enraizaron en lo más profundo del inconsciente colectivo argentino. Casi no hay ejemplos de compatriotas que no hayan pogueado Jijiji en un recital, un boliche, una plaza, un cumpleaños de 15, una cancha de fútbol o en una habitación. Fuiste (y fueron todos Los Redondos, para ser justos) una esencia presente en todo momento y lugar que forjó un movimiento de bravos muchachitos que se negaron a jugar con las reglas que les fueron impuestas. “Dicen que una canción no cambia al mundo”, explicaste alguna vez, pero nos juraste que te constaba que sí puede cambiarlo a uno, y que entonces, por lógica pura, se puede cambiar al mundo de a una persona a la vez. Este interlocutor no pretende descubrir nada al decir que no cambiaste una, cambiaste millones.
Lo loco de tu legado es que hace rato tenemos muy claro cuál es. La excelsa discografía de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, sus éxitos, sus banderas. Dueños de un sonido misterioso, propio e irrepetible. Un variopinto de estilos, versiones, mensajes y sonidos, con una misión que estuvo siempre en las antípodas de entretener. Vos siempre tuviste bandas de combate. Y nos dejaste claro que la música es para ejercitar el marote. Para imaginar. Que cada quien tiene un pibe de los astilleros propio o una hija del fletero que se robó su dicha. Nos diste un puzzle infinito en el cual desarmarnos y armarnos cada vez que lo necesitáramos. Críptico y solitario pero a la vez, propio y compartido.
Son una infinidad de letras, metáforas e historias las que quedan en tus páginas. Realmente creo que es injusto quedarse con solo una. Pero una de tus versiones más magnéticas e intrigantes es la del pensador. Porque, para mi, fuiste eso: un filósofo extraño nacido de las entrañas del underground platense que eligió la música como vector de su pensamiento. Y que suerte que fue la música el camino que elegiste. No me malentiendan, estoy seguro que podría haber sido cualquier otra práctica. Pintura, literatura, actuación, escultura o política. Pero que suerte que fue la música viejo, porque la podemos bailar.
Pero es esa faceta, la del tipo áspero, perspicaz, profundo, elocuente, necesariamente egocéntrico, lo que me sigue matando las ovejas en mi corral onírico. Tuviste luces y sombras, como todos. Nunca llegaste a entender del todo por qué fuiste el Indio. Creo que allí se esconden secretos perdidos. Bastaron un par de celosas y contadas apariciones para dejar un sinfín de ideas. Poniéndonos siempre en un plano de igualdad, sin tomarnos por pobres ingenuos. Le hablaste al oído a cada uno de tus oyentes, como dijo un quilmeño en nuestra Plaza de Mayo. A cada uno con la palabra justa para encauzar la rebeldía, para que inscribamos nuestros propios tropezones y sueños. Anticipaste que el hombre de este siglo es el psicópata; nos enseñaste que vivir cuesta vida; que no vale la pena vivir entre algodones; que hay que cuidar el ánimo y que en los nervios de la juventud se esconde el horizonte del futuro. Cada frase perfectamente sincronizada con su circunstancia. Cada oración como un fustazo. Un golpe eléctrico a la comodidad.
A título personal, no creo tener el derecho a llorarte tanto, pero aún así lo hice. En mi temprana adolescencia te conocí, pero fue con el tiempo que te (y me) fui entendiendo. Quizás era necesario que los algodones incomoden un poco, antes de lanzarse a tus preguntas.
Vomito esto afiebrado de desazón. Hoy leí que el dolor existe porque existe el amor y aunque coincido, no termina de consolarme. ¿A quién sí? Tu muerte solo parece confirmar que el viejo mundo se muere y el nuevo todavía no nace, escenario fértil para los más burdos monstruos; que se nos mueren los héroes. Que es difícil de pensar que otra cosa nos pueda volver a unir así en esta era de hiperpersonalización programada.
Pero la olla presión que te moldeó a vos también parecía eterna e invencible. Y, aún así, abriste tus brazos y surgiste como el cristo redentor del rocanrol argentino. Era injusto pedirte que sigas buscándole la respuesta a tantas injusticias sin resolver. Mientras esperaremos que tu eco interminable resuene en la cabeza de algún nuevo nuevo héroe, gracioso y valiente, que nos invite a hacer la revolución con una canción de amor.