ZAPATOS DE GAMUZA AZUL

Qué suerte tienen los que saben que van a morir. Los enfermos terminales, los condenados o los suicidas corajudos. Miguel no había podido sacar la basura o ponerse un par presentable de medias. Una lástima que hayan sido sus nietas las encargadas de haber vaciado la casa.

Yo llegué tarde y ya estaba todo dado vuelta. Las chicas trabajaban como obreras implacables y coordinadas, comandadas por la más grande de las tres. Mi intuición me dijo que la encontraron mucho más desastrosa de lo que estaba. Toneladas de ropa, más que nada sacos y camisas; pantalones de vestir; incontables pares de zapatos. Algunos en cajas, bolsas, y otros desparramados por todo el living principal. El sofá de terciopelo no se llegaba a ver por la cantidad de discos de rocanrol que, desapilados y en orden aleatorio, juntaban polvo sobre los almohadones.

Ver decenas de zapatos asfixiándose en un bolsón de nailon es desesperante. Parece que tratan de escapar. Miguel tenía una colección exquisita, pero los blue suede shoes no estaban. Fui a reconocer el cuerpo y no los llevaba puestos. Tenía unas Topper deportivas, así que tampoco se los robó algún médico. Revolví y revolví, no para usarlos; él calzaba sus sutiles 40. Los quería para guardarlos, atesorarlos. Quizás los expondría en el living de mi casa. Le consulté por ellos a las nietas, pero no tenían idea de qué les estaba hablando. Si lo hubieran visto… 

Le brillaban los zapatos y la dentadura en la oscuridad del boliche. Se hacía ronda cuando entraba a la pista. Petiso, rechoncho y medio pelado, pero cómo bailaba. Él siempre con la más linda y yo con la amiga. Hacíamos zona sur, pero también la Capital y a él siempre lo tenían de algún lado. Trabajó un tiempo en el puerto, pero dormía en los bolsones y el capataz lo rajó a la semana. Más o menos a esa altura me cortó el rostro. Lo fue enfriando de a poco, fue hasta estratégico. A este boliche no, a este otro tampoco. Que le debía plata al dueño o que había estado con la mujer de tal. En qué se habría metido ahora que le tuvieron que tajear la garganta en la puerta de su casa.

Un poco me ofendí en aquel entonces, pero siempre lo guardé en el lugar más privilegiado de mi memoria: ese que ficcionalizás con los años. El ví ai pí del corazón, diría Miguelo. Mejor no haberlo visto sus últimos años. Por cómo estaba la casa, uno juraría que se deprimió profundamente o que enloqueció. Juntó ropa, discos, revistas, basura y basura que parece valiosa. Un cajón estaba repleto, casi desbordando, de tapitas de aluminio de Actimel. Las fechas de caducidad iban de 2007 a 2026 y ninguna tenía signos de una promoción por acumulados. Ni siquiera un “seguí participando”.

En su pieza encontré una caja que no disimulaba nada. Las chicas no la tocaron. Tenía escrito PORNO 1987 con indeleble rojo bien grande en uno de los costados. Cerré la puerta y me puse a revisar. Una centena de revistas que se había robado del puerto. Las reconocí porque las vimos juntos en su día. Revolví un poco y una me llamó particularmente la atención. Era igual de retro pero estaba más cuidada. En la tapa había un fisicoculturista rubio con la pija al mango, una colorada con las tetas gigantes y un travesti con la pija más grande que el rubio. El título era “Doppelgangërs”, y toda la revista era de gente parecida que cogía entre sí. Un magazine alemán. Me la estaba guardando en el pantalón para llevármela, y un grito de afuera me hizo devolverla.

Asomé la cabeza. Una de las nietas había sacado una bolsa de nailon azul de un placard del living. La llevó agarrada con dos deditos y el brazo estirado, bien alejado de su cara fruncida, al grito de “¡Quemen esto, por favor!”. La abrí. Tenía tres consoladores violetas, uno con un forro puesto. Pobre Miguelo. Me invadió una sensación impía. No por él o sus costumbres. Nos sentí repulsivos, invasores, irrespetuosos. Estábamos profanando una tumba y manchando el legado del Elvis de Valentín Alsina. Pensé en mi muerte y en lo que tendría que dejar preparado. Un mensaje para alguien de confianza, con instrucciones sutiles que sólo él entienda. Que pudiera cambiar las sábanas de mi cama o quemar todos mis cuentos antes de que llegue la familia. Qué desastre somos nosotros, los vivos, para juzgar a un hombre que ya sabe lo que hay del otro lado.

Sin decir nada puse la bolsa dentro de otra más grande que estaba repleta de basura. Ahí donde ya había metido las tapitas de Actimel. Volví a la pieza y me salteé la caja condicionada. Después me la llevaba en la chata para revisarla tranquilo y no en el lecho de muerte de mi gran amigo.

Las chicas se tenían que ir y ellas tenían la llave. Así que subí cinco bolsas de basura a la camioneta y, tapando el título, la caja del indeleble rojo. Tiré las bolsas en un volquete a la vuelta y ya en mi casa me puse a revisar tranquilo.

No eran solo alemanas. Había revistas francesas, portuguesas, nórdicas. Gente disfrazada de perro, modelos sin cara envueltas en látex. ¿Cómo llegó una caja así a la ribera? No entendía para quién podría ser esa entrega. Quién tenía el tiempo y la sabiduría en los 80’ de hacer un pedido tan pero tan específico de pornografía que aún hoy en día no es digerible y que nunca se comercializó en Argentina. Cómo podía uno pasarse la vida aprendiendo de contenido de nicho internacional. Algún extranjero viviendo en Buenos Aires, pensé. Un muerto en vida que quiere rememorar su tierra natal a través del destiempo y la paja sofocante. Qué mala suerte la nuestra que no sabemos en qué matar el tiempo.

Cuando levanté el último pilón de revistas para pispear, algo duro cayó en el cartón. Era un pendrive chiquito. De golpe sentí un chiflete que entraba por la ventana y la cerré. El cielo estaba despejado, pero casi no se veían las estrellas.

Conecté el pendrive y tenía una carpeta sola con mi nombre y el de Miguel. La abrí rápido y me puse a recorrer. Ahí estaba: el ví ai pí del corazón. Fotos digitalizadas en el baile, en la plaza. Una que saqué yo de él solo en el muelle de Santa Teresita, con un bagre al que recién le había cortado el pescuezo. Contento él, los dientes blancos y enteros.

La siguiente foto parecía actual. Mega reconocible, pero más viejo y arrugado. Era una selfi tomada en vertical por su teléfono. No estaba centrado en la foto, así que usó la cámara trasera. La que sí estaba centrada era su sonrisa blanquísima. Brillante. Los dientes los tenía todos. Después, una de él tirado en el piso, con la mirada transparente y un tajo en el cuello. La sangre aún estaba carmesí. Las baldosas, las de la puerta de su casa en Alsina. Se alcanzaba a ver la punta de los zapatos azules del fotógrafo al lado del cadáver. La siguiente foto que vi fue la última de la carpeta, y era Miguelo ahora bien centrado en el plano. Mi gran amigo sonriéndome a mí a través de la pantalla otra vez. 

Saqué el pendrive de la computadora y lo reventé contra el suelo. Después lo pisé y, exactamente como él quería, quemé los restos en la salamandra.