QUERIDO CUERPO: CORINA BISTRITSKY

Radicada en México, la artista y escritora Corina Bistritsky habla sobre el peso de habitar un cuerpo, la desobediencia de ocupar espacio y el arte como un refugio compartido. Hilos que también tejen su novela El Gran Danés, una exploración sobre la fragilidad, el duelo y el paso lento de la esperanza.

El encuentro ocurrió un jueves doce de marzo, a las doce del mediodía de Buenos Aires, nueve de la mañana de México, país en el que Corina Bistritsky vive desde hace aproximadamente cinco años. Al otro lado de la pantalla, el espacio es luminoso. Ella está sentada frente a la cámara. No hay poses. Su media sonrisa deja entrever unos dientes dispuestos a la risa rápida y al asombro, frente a alguna pregunta punzante. Sus labios están pintados de un rojo suave y su rostro a simple vista proyecta honestidad. 

Me peleo con los encuentros digitales e inevitablemente caigo en preguntarme si fuera del recuadro blanco que logro ver, el resto no será un laberinto de objetos que no combinan entre sí. 

¿Algunas cajas de cartón guardarán nostalgias argentinas?

Tal vez, justo donde termina el ángulo de la cámara, el caos se adueña de ese espacio de la casa: una pila de ropa sin doblar, un cenicero lleno o alguno de esos libros que uno nunca devuelve.

Ella habla y el sonido llega con un delay imperceptible. Yo mientras tanto, busco no interrumpir. 

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Corina es artista visual y escritora. Estudió Dirección de teatro y actuación, también Psicología. No terminó la carrera: le falta la tesis, un par de finales y la convicción de ir en busca de ese título. Además, dicta talleres de exploración creativa, escribe y expone sus obras en galerías. También, dice, habita sus propias contradicciones.

La vida que lleva en México se armó entre una oportunidad laboral y el destello de una intuición. En 2022 vivía en Buenos Aires y trabajaba en una ONG; escribía y pintaba, pero su economía no dependía de lo artístico. Un día, una galería mexicana que estaba por abrir la invitó a exponer. Corina no conocía el lugar, pero aceptó. El acuerdo inicial era una residencia de un mes. Viajó con su pareja para cumplir con ese plazo y decidieron de alguna manera quedarse. Fue antes de la victoria de Javier Milei en las elecciones del 2023, pero Corina sospecha, y me hace entender, entre risas, que de alguna manera la vieron venir. Que el viaje fue, en realidad, una huida inconsciente.

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No es del todo forzado establecer cierta conexión entre mi interés por entrevistarla y lo que ella transmite en su práctica artística. Los colores, las texturas, las preguntas:

 ¿En qué rincón del cuerpo se esconde la ternura? 

 ¿Cómo suena mi cuerpo cuando no me animo a decir?

Son dudas que parecen haber estado en mi siempre. 

Un cuaderno y las preguntas alrededor de su cuerpo culminaron en la exposición que presentó en mayo 2025. | Cortesía: exposición en Banda Municipal

En 2017 publicó su primer libro, Una casa que no fue, por la editorial argentina Pánico el Pánico y en 2025, El Gran Danés, por la editorial Almadía, una novela de la que hablaremos más adelante.

Corina se declara desorganizada. Puede pasar meses sin tocar un pincel ni abrir un archivo de texto, convencida de que no va a volver a hacerlo nunca más. En esos períodos de quietud y repliegue, mastica información: un proceso invisible donde el inconsciente trabaja antes de bajar el material a tierra. Dinámica que define como “salvaje y vomitiva”.

Corina Bistritsky: Lo que me pasa es que promuevo cosas que después a mí me cuesta muchísimo aplicar en mi vida, ¿entendés? Quizás yo les digo a la gente que viene a mis espacios: ‘relajen, si ustedes no pintan o no escriben por una semana, no pasa nada, es normal’ Y después, cuando me pasa a mí, es el horror. Pero bueno, también está bien repetir discursos, digo, para nadie es fácil. Y si claro, me enojo y después entiendo, no puedo ser una máquina, en el sentido de estar todo el tiempo haciendo y haciendo”

Pienso en el superpoder que conlleva saber aplicar “la teoría de la calma”, como si una suerte de radar estuviera preparado para detectar la angustia ajena y desactivarla. Una pedagogía de alivio que muchas veces se detiene en lo que se refiere a uno mismo. 

Renata Gianello:¿Qué le diría a mi estómago, a mi lengua?” fue tu última producción individual en México, en la galería de arte Banda Municipal, espacio liderado por mujeres. Una serie de obras que abordan la representación del cuerpo femenino desde distintas aristas: el dolor, el cansancio, la incomodidad. ¿De dónde nacen estas preguntas que te hacés?

C.B: La fragilidad del cuerpo siempre estuvo rondando en mi vida. El cuerpo como materia prima de trabajo siento que está muy incorporado en mí. También por la incomodidad que me implica tener un cuerpo en el presente. Suelo estar incómoda con mi cuerpo. Me hago preguntas, ¿por qué estoy incómoda? o ¿por qué me siento como me siento?

Comenzó a pensar esta exposición en mayo del año 2025. Tenía un cuaderno con muchas preguntas que tenía para su cuerpo y fue ahí cuando sintió que debía usarlo para la exposición. 

Metros de tela rosa viejo que caen desde una estructura y se amontonan en el suelo, tetas que cuelgan de las paredes, pezones pequeños, medianos, grandes, repetitivos. Un manifiesto escrito a mano alzada, frases, colores: rojos que derivan en terracota, azules cobalto que funcionan como lágrimas, vulvas, tinta color sangre en repasadores, collages de paneles acumulan fragmentos de una identidad en proceso. Utensilios de cocina, estampados floreados, cuadrillé, pasteles y pizzas…. Todo esto es parte del universo de Chica Banquete -identidad artística bajo la cual Corina presenta su obra- la mezcla entre la vida doméstica y la identidad, con lo físico, con ser cuerpo. 

El universo de Chica Banquete se expuso en la galería Banda Municipal, ubicada en Ciudad de México. | Créditos: exposición en Banda Municipal.

Corina propone: El cuerpo femenino como un banquete para una misma. La idea de convertir la carne en festín. Y no solo desde el placer. Permitirse bordear permanentemente lo doloroso a través de la autofagia. La capacidad de comerse a una misma, de nutrirse y también lastimarse en el mismo movimiento. Pensarnos como un organismo vivo que se devora para entenderse, un proceso donde el festejo y la herida parecen simbióticas.

R.G: En una entrevista mencionaste algo de lo que significa, en este momento sociopolítico, establecerse como una mujer en el mundo…

C.B: Yo estoy llena de contradicciones al respecto. Siento que me gusta pensar que ser mujer hoy es ocupar espacio en todo sentido. Desde lo físico; tengo un cuerpo que ocupa espacio y es así, es ruidoso, es un cuerpo que se ríe a carcajadas y que llora fuerte. Algo de no matizar esta idea de que la mujer tiene que estar siempre medio medida con la risa bajita..  

Esa negativa a “matizarse” es un acto de desobediencia. Ocupar el espacio con el volumen de la risa y el peso de nuestros cuerpos rompe con una tradición de discreción que durante siglos ha sido nuestra única forma permitida de estar en el mundo. 

Corina propone: El cuerpo femenino como un banquete para una misma | Cortesía: exposición en Banda Municipal

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La escritura de su novela, El Gran Danés, se estancó durante la pandemia. Corina no lograba terminarla, esa meseta creativa la llevó a buscar otros lenguajes. Comenzó a dibujar y a pintar. Lo que empezó como un ejercicio de distracción se convirtió en algo más. “Descubrí una pasión. Una vez que empecé, no pude parar”, asegura.

Al no tener una formación académica en artes visuales, pintar se transformó en un espacio donde no tenía que rendir cuentas. El “desconocimiento” técnico no como carencia, sino como ventaja. Esquiva lo que ella misma llama el síndrome de la buena alumna, esa pulsión por la perfección y la validación que suele enfriar el proceso creativo. Sin la presión de tener que hacerlo “estéticamente bien”, se permitió una libertad mayor. El hacer por el puro placer del hacer.

En el año 2023, Corina publicó una nota en Página 12. Algo así como su primer bautismo plástico: “La voracidad o la pesadilla de Ramona”, de Antonio Berni.

Parece ser que para Chica Banquete, el arte siempre fue un acto de comunión. Aquella Ramona de Berni, monstruosa, táctil, desbordada, no fue un descubrimiento solitario, sino un encuentro compartido con su amiga Azul, una “oda” a los vínculos que sostienen la mirada. Lejos de las jerarquías y cerca del refugio de los afectos, Corina entiende que no se trata solo de producir obra, sino de mantenerse permeable a las historias ajenas. 

La creación sucede cuando se baja la guardia y se comprende – como ella misma lo dice – que hay algo más que uno mismo.

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La novela El Gran Danés, atraviesa la vida de una protagonista que se separa de su pareja. En medio de ese duelo: la tristeza, el desgano y un secreto familiar que empieza a inquietarla. Es ese estado el que la empuja a iniciar un viaje que solo es posible bajo la custodia de su perro, un gran danés y la compañía de su mejor amigo y su novia. 

El Gran Danés, por la editorial Almadía, una novela de la que hablaremos más adelante | Créditos: Almadía

R.G: El gran danés es un perro grande, en general pesa entre 60 y 90 kilos. Es al menos chistosa la imagen que se arma al leerlo pasar tiempo durmiendo en un rincón hecho un bollito, una sensación que quizás una siente cuando está triste y es lo único que quiere hacer pero tiene que salir a la vida…

C.B: Si, un perro como testigo de esta humana en decadencia, ¿podríamos decir? Ella no se baña, come como el culo, no se cuida… Me parecía un perro el testigo perfecto porque no te juzga. Quería un personaje secundario, que funcione un poco como motor de todo lo que ella no está pudiendo hacer. 

Una narradora que no tiene celular, apenas contacto con su madre, enredada en sus pensamientos, muestra una relación compleja con su emoción y su cuerpo. El cuerpo humano como una pieza de ciencia ficción, pienso. Una maquinaria de órganos y fluidos. Para la narradora de la novela, el cuerpo es una carga y una exposición constante. 

Quizá como Corina espeja en sus pinturas o en sus talleres creativos donde (se) da permisos, quita exigencia, quita expectativas, quita presión e impulsa a probar. 

Ella me lo reafirma cuando me animo a decírselo. 

C.B: Si, sin dudas. 

La novela explora la fragilidad. Y creo que una de sus virtudes es que en ningún momento sucede un gran estallido de sanación, sino un goteo extremadamente lento (y paciente) de algo parecido a la esperanza. 

El texto – que le llevó cinco años de trabajo- refleja esa temporalidad paulatina. Si antes hablábamos de la dificultad de sostener los procesos creativos, la incertidumbre y la tristeza que la no-constancia provoca, la protagonista que Corina eligió, quizás, es su estado más vulnerable: un ser que solo reacciona al contacto, que se hace chica frente a la luz de lo cotidiano, pero que en alguna parte de su cuerpo almacena la potencia de volver a expandirse.

El viaje en el que se hunden los personajes, sobre todo la protagonista, la lleva al encuentro con su historia familiar. En ese contexto de muerte, secretos y depresión, la aparición, casi mágica, de la naturaleza, específicamente de una huerta funciona como un remate literalmente vital. 

La huerta como una analogía a la vida que insiste: mientras la protagonista se siente un zombi, alguien más cuida que algo florezca. 

“Cada vez que quise hablar y no lo hice, planté una flor: 

Imaginate eso, todas las flores que conociste…”

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La salvación, en este universo, no es la llegada a un lugar seguro, sino el fin del aislamiento. El encuentro, con un amigo, con un espectador, con el propio cuerpo, es lo que nos irrumpe y nos lleva a mirar hacia afuera y sentarnos a la mesa, con nuestras tetas, nuestros secretos y nuestras entrañas a la vista, para descubrir que el otro también tiene hambre de dudas, de miedos, de tristezas. 

La vida cobra sentido cuando se comparte. Como en esa huerta que crece. 

El arte es entonces, la prueba de que aun cuando nos arrastramos por lo cotidiano, todavía somos capaces de cultivar un pedazo de mundo donde valga la pena estar vivos.