En el norte argentino, la figura del diablo no es como la conocemos por estos pagos. Tiene cola y cuernos, es verdad, pero son más juguetones que infernales. De hecho, su misión no es incitar a pecar para desviar almas del cielo, sino para liberarlas. Tampoco se ata a vestir solo de rojo. Dicen que aparece el sábado de desentierro, bajando por el cerro blanco en Uquía. Y que a pesar de que la Quebrada de Humahuaca haya sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2003 por lo cautivante de su esplendor, en pleno carnaval son los Pujllay quienes se roban el protagonismo, con sus trajes de cuántos colores se puedan imaginar.
Se ve que este año se necesita festejar, porque se espera que sean más de 350 los Pujllay que bajen a celebrar con su pueblo después de la tercera bomba, inaugurando jornadas de alcohol, fe y comunidad.
Cuando conté que iba a viajar a Salta y Jujuy en verano, mis amigos me insistieron que lo hiciera durante la época de carnaval. No fue una recomendación, fue una orden. Por lo que, sin ofrecer contraargumento alguno, saqué un pasaje de ida para el 7 de febrero. Después de un largo viaje y algunos días agitado, tuve mi primer encuentro efectivo que tuve con el carnaval en el norte fue en Tilcara, durante el jueves de comadres.
El calendario de carnaval en el NOA es bastante distinto al que estamos acostumbrados los porteños, que siempre relacionamos estas fechas más con un fin de semana largo que con una celebración relevante. Sin embargo, también es distinto a otros con más alcance en los medios de comunicación nacionales o redes sociales, como el de Gualeguaychú, Entre Ríos.
Oficialmente – e ignorando pequeños matices locales – comienza el 1° de enero, día en que se lleva adelante la Chaya de Mojones. Luego, a lo largo de enero y febrero hay días que aclaman a distintos sujetos sociales, como Compadres y Ahijados. Pero, es recién el jueves de Comadres la primera fecha importante en el cronograma carnavalero. La celebración que tiene a las matriarcas al frente es la que libera de una vez por toda un espíritu de jolgorio que toma por asalto la Quebrada. Luego, y de una buena vez, llega el verdadero inicio de la festividad: el sábado de desentierro, que inaugura los festejos de Carnaval Grande, que se extienden durante 48 horas. Después, el lento desvanecimiento; Carnaval Chico; flores; entierro y, finalmente, el día de remache.

Que es jueves de Comadres se nota en la mirada de las mujeres y en la sumisión de los hombres. Las comparsas salen a recorrer el pueblo, comandadas por niñas, adolescentes y mujeres. Los hombres mantienen sus posiciones firmes, detrás, en las sombras, jugando el rol silencioso pero necesario de poner la música y no las palabras.
Son casi las 16 y el mercado municipal se trasviste de antro para comenzar a recibir a una multitud que desborda ganas de celebrar. El tinglado —que en tiempos normales da hogar a puestos de venta de fruta, verdura, carnes, juguetes y más— ahora presenta una pista de baile para cientos de personas. Bordeando el perímetro, mesas dispuestas como vallas para delimitar el espacio de la barra, conducida por decenas de jóvenes. $10.000 el fernet, $8.000 el vino y $4.000 la cerveza. Dos por $6.000, promocionan algunos con un gesto ineludible.
—Que raro que estén limpitos—, nos interroga entonces a mí y a uno de los muchachos del hostel una mujer de unos 50 años, con cierta piedad en su tono. En algún punto, tiene razón: ya va más de medio día de Comadres y, extrañamente, estamos impolutos, algo que despierta desconfianza en los ojos que nos rodean.
—La bendición de las comadres, encima hoy que llueve—, remata con un gesto compasivo, justo antes de llenarnos la cara de talco.
El carnaval tiene numerosos elementos que conforman su universo. El Talco y la espuma son dos de ellos, con un rol protagonista durante las jornadas festivas. En los puntos neurálgicos de la jarana, es imposible imaginar salir inmaculado. Tener 2 latas de espuma Rey Momo a disposición —una en cada mano— para contragolpear, mientras nuestro rival circunstancial se encuentra desprotegido por su propia avanzada, suele ser mejor opción que quejarse o correr. Quienes se prestan, aprietan pomos y lanzan puñados de talco en una guerra que divierte. A pesar de que las consecuencias de este gesto carnavalero parecen incómodas, su aparición es algo crucial: remite al juego por el juego, una acción sin fin ni productividad que, cuando sucede, se siente necesaria. No son solo los niños los que corretean en las plazas, son también adultos que viajan a su niñez aunque sea por segundos fugaces. La importancia de estos elementos también radica en su rol igualador: ¿qué diferencias se pueden observar entre caras – ahora anónimas – y ropas cubiertas completamente por la misma capa de espuma o talco?
Como toda celebración con alcohol de por medio, también hay un espacio reservado para la seducción. En ese terreno, la que resalta es la albahaca. La mera posición del ramito en la oreja revela las intenciones de su portador/a. Sí cuelga de la derecha, significa que la persona tiene con quien celebrar en su casa. Por el contrario, si se presenta en la izquierda, deja abierta la puerta a la aventura.
–Usarlo en las dos orejas es de tramposo–, me advierte entre risas otra mujer en Uquía.
Y luego está el alcohol. Chicha, cerveza, saratoga, vino (con Sprite), fernet. Hay tragos para todos los gustos, a todas horas. Antes de viajar, todos me advirtieron de la intensidad del sol y de la omnipresencia de la altura, pero a nadie se le ocurrió decir una palabra de lo mucho – realmente mucho – que se chupa en el NOA argentino. Las primeras birras se destapan pocas horas después del mediodía. Por la noche, cada presente cuenta con su propia jarra – de litro – con hielo, sorbete y tapa, un rasgo para nada menor cuando se trata de mantener la integridad de la bebida entre los copos químicos que sobrevuelan el aire.
Son las 21 en el mercado municipal y la fiesta impone un obligado respiro. Sólo van 5 horas de baile y la barra ya se quedó sin fernet, aunque todavía tiene stock suficiente de vino y cerveza. Las luces se prenden, la noche se hace presente y las personas se retiran a llenar el estómago, visiblemente golpeados, aunque con la seguridad en sus ojos de que todavía les queda lugar en el tanque.
Tres horas y dos pizzas después, cuando las agujas marcan la medianoche, regresamos listos para una segunda tanda. Las nubes revisten las cumbres y una leve llovizna se esparce en las calles de Tilcara. Afuera, la comparsa toma el centro de la plaza Cnel. Manuel Álvarez Prado. Cantan y saltan sobre los primeros charcos de agua que se forman, mientras la gente arma una procesión que sigue a los comparseros por todo el pueblo. Platillos, bombos y vientos inundan el aire. Mientras tanto, adentro se reinicia el espectáculo de luces y música. Las puertas abrieron hace pocos minutos, pero el mercado municipal está como si nunca se hubiera vaciado. Los jóvenes – transpirados y llenos de talco – se posicionan estratégicamente delante de todo, cerca de las bandas, de los parlantes, del baile y el calor. A pesar de la hora, además de adultos, el lugar es habitado por niños y hasta algún anciano con una envidiable pulsión de vida. El descontrol vive en total paz con el funcionamiento e incluso las interacciones entre autoridad y la juventud – que desea volver a ingresar a bailar tarde en la madrugada, cuando las puertas ya están cerradas – se resuelven por el camino del acuerdo.
Me levanto 3 horas después de que me acosté: es viernes 13 de febrero y aunque mi cuerpo casi no haya experimentado ese estado que permite poner fin a un día y dar comienzo a otro, me dispongo a despedirme de los presentes, armar un mate y emprender viaje a Humahuaca. A mi llegada, vago por el pueblo para reconocer sus esquinas. La recorrida es productiva para recolectar testimonios certeros sobre dónde pasar el sábado de desentierro. Uquía, con su bajada, es el escenario más mencionado. Eso sí, más de uno mira con lástima mis dos mochilas.
—Volvete ni bien termina el descenso, porque la ruta después colapsa y no vas a estar en condiciones de caminar-, me advierten a la salida de una carnicería.
Para entender este colapso,– y quizás tender algunos puentes con quienes necesitan que la cultura también rinda balances– algunos datos. El Carnaval es todo un fenómeno turístico y cultural. Durante todo enero de 2026, el Ministerio de Jujuy registró la entrada de 133.328 visitantes, lo que derivó en ingresos por $43.000 millones. Bastaron solo 5 días en febrero para que la provincia reciba a 45.715 turistas y genere ingresos superiores a los $16.000 millones, más de un tercio del impacto económico que se logró durante todo el primer mes del año.
El caso de Uquía es un ejemplo perfecto. A 2858 metros sobre el nivel del mar, al pueblo se puede llegar por la Ruta Nacional 9 y se ubica a 12 y 30 kilómetros de distancia con Humahuaca y Tilcara, respectivamente. El último censo establece que son 525 los habitantes diseminados en unas pocas cuadras a lo ancho y lo largo de los pies del cerro. En el corazón del pueblo, una iglesia: la de San Francisco de Paula, construida en honor de la Santa Cruz, de orientación franciscana y declarada Monumento Histórico Nacional el 14 de julio de 1941. A cientos de metros, en dirección a los cerros por la calle padre Lozano, el sendero hacia la Quebrada de las Señoritas, el atractivo natural más importante del lugar. El sábado 14 de febrero este será uno de los epicentros del carnaval norteño cuando más de 300 diablos bajen del cerro Blanco ante la atenta mirada de los curiosos.

En la previa, los conservadores dicen que se esperan diez mil visitantes. Treinta, retrucan los más aventurados. Seguramente, la realidad estará en el medio y serán veinte mil los turistas que inundarán el pueblo desde temprano para comprar recuerdos, hacerse de provisiones de espuma y talco, comer tortillas y beber sin control durante toda la jornada. Todo en un escenario controlado por su propia comunidad. Para quienes piden que el arte, la cultura y la tradición nacional “sirvan para algo”, aquí un humilde ejemplo.
Para llegar a Uquía todavía falta y en Humahuaca la noche ya envuelve el cielo. El cuarto del hostel tiene una gran ventana que da a la calle por donde una luz blanca de alumbrado público se mete en la habitación e invita a rumiar. Afuera, el carnaval no para. Se escuchan gritos, música y alguna copla perdida en el viento. Son pocas las horas sin bullicio de fondo. Claro, pienso. Soy el único atravesado por la tonta ilusión de que alguien más elegiría dormir en este momento. No obstante, descansar para mañana parece una decisión prudente. ¿Por qué el sábado es tan relevante? Bueno, porque es el momento en el que el Pujllay rompe su cárcel de tierra.
El desentierro marca el comienzo del Carnaval Grande. Cuando el muñeco es liberado del Mojón, se da oficialmente rienda suelta al festejo. Su espíritu tomará a los carnavaleros, que girarán, bailarán y cantarán por todo el pueblo durante 9 días. Luego de esparcir su anarquía y descontrol, desaparece en soledad en su entierro. Es el momento más triste de la festividad. Entre llantos, frutos, chicha y algún cigarro, es enterrado nuevamente y, en algunos lugares, su representación es ofrecida a las llamas. Su espíritu no puede seguir rondando por el pueblo todo el año. Es hora de que aquellos que entregaron su cuerpo al Pujllay se arranquen las máscaras y guarden sus coloridas ropas hasta el próximo carnaval.
La figura del Pujllay poco tiene que ver con el relato del Lucifer del espectro católico, ni tampoco con la imagen cultural globalizada del mismo. Su vestimenta habla antes que sus intenciones y – si bien peligroso – es un personaje entrañable. Su origen dialoga con los mitos de Baco y Dionisio, figuras de la antigüedad asociadas al vino, la fiesta, la fertilidad y el desborde. En la Quebrada, esa lógica fue reconfigurada por el territorio —la altura, el vínculo con la Pachamama, los ciclos de cosecha, las distancias, la vida comunitaria—, por pueblos como los diaguitas y calchaquíes, y por las fechas impuestas por la conquista española, hasta dar forma a la figura colorida que conocemos hoy.
Usualmente, los micros en Humahuaca paran en la terminal, ubicada al lado de la plaza San Martín. Pero como hoy es sábado de desentierro y se espera mucho movimiento, las unidades de Panamericano de Jujuy esperan arriba, sobre la ruta. Esas bestias rojas, grises y doradas son las responsables de comunicar a la mayoría de los pueblos de la Quebrada. Y hoy tendrán trabajo extra. El viaje hacia Uquía es corto y en no más de 20 minutos el micro abre sus puertas y despide a los carnavaleros. Es temprano en la mañana y la plaza central está llena. Mientras tanto, dentro de la iglesia, el sacerdote bendice cada uno de los más de 300 trajes de los diablos. Afuera, los bondis siguen liberando aire comprimido mientras abren sus puertas para liberar a los batallones de fiesteros. La calle principal conecta la plaza con el escenario del festejo, a los pies del cerro Blanco. De repente, en medio del clima de celebración, un fuerte estallido: una bomba de estruendo que funciona como el primer aviso del día. Serán necesarios 3 para hacer aparecer al Pujllay.
La segunda llega cerca del mediodía y, en la espera de la última, no queda otra que beber, conversar y bailar. Los casi 30 grados no dan tregua y los sombreros carnavaleros se hacen presentes. Simples pilusos, gorros respingados, de extraños colores, con cuernos o con la figura de Messi bordada junto a su última frase viral: “Vino con Sprite, para que pegue más rápido”. Con grandes colegas de fiesta circunstanciales, nos escabullimos entre un público de tonadas. Santa Fe, Córdoba, Tucumán, Mendoza, Salta, Jujuy, Santiago del Estero, Formosa, Buenos Aires y hasta las australes de Santa Cruz y Chubut. También, si se agudiza lo suficiente el oído, se oyen palabras en inglés y frías risas alemanas. La fiesta no solo es federal y multitudinaria, sino que también cruza el charco y es una fiel representación de nuestro suelo.

Son aproximadamente las 17:30 del sábado 14 de octubre. Sobre el escenario armado, los maestros de ceremonia levantan el ánimo de todos los presentes. Si presentan una canción, el público la baila. Si piden aliento, las gargantas ofrecen un alarido eufórico. Y cuando piden apretar los pomos, nieva en Uquía durante unos segundos, a pesar de que arriba todo es de un fuerte color celeste, escenario perfecto para un sol que parte la tierra. De repente: ¡boom! La tercera bomba desata un estruendo que borra el estado de embriaguez y silencia el valle por unos pocos segundos. Todos los ojos apuntan al mismo tiempo a la cumbre del cerro Blanco. Allí, a paso firme, asoma el primer Pujllay, envuelto en tela bordó, con detalles en dorado y cientos de apliques. Su cara, cubierta – por obligación – con una máscara con cuernos marrones, enroscados y puntiagudos. Con un hacha en la mano, ofrece su mirada al público que le devuelve un grito expectante. Pienso en que desde allí arriba debe ser impresionante el espectáculo: gente trepada hasta de las paredes del cementerio para atestiguar su descenso. En silencio, el diablo extiende sus brazos y deja ondear la bandera que cuelga del filo de su arma. Entonces, durante un segundo, hace una reverencia a la Quebrada y a los presentes, como reconociendo que parte del sentido del carnaval es, justamente, congregar espíritus.
La solemnidad se rompe intempestivamente con la música, los gritos y la comparsa que agita en lo alto. Desde el mero instante en que se hacen dueños de la cima del cerro, los Pujllay se convierten en el alma del carnaval. Allá arriba, van apareciendo efusivamente: Diez, veinte, cincuenta, cien. Dicen que está edición descendieron más de 350 diablos, pertenecientes a la comparsa Los Alegres de Uquía, los anfitriones de la fiesta. Su presencia domina el ambiente. Sus gritos y silbatos encuentran su correlato en la gente, que tras un breve letargo, vuelve a sumergirse en la celebración popular con la certeza de que el espíritu carnavalero ya está presente.
Es difícil pensar como en un escenario natural tan imponente, erigido gracias al tiempo, la creatividad (¿divina?) y el azar, lo que más resalte sean simples hombres y mujeres disfrazados. Pero sus ropas resuelven gran parte de la incógnita.
Hacer uno de estos trajes no es para nada sencillo. Las tareas comienzan muchos meses atrás. —Desde noviembre que estoy cosiéndolo —me precisó Emilce, dueña del hostel donde me hospedo en Humahuaca, aunque la producción de los más complejos pueden demorar hasta 1 año. Además de tiempo, requieren de una inversión para nada menor en material: algunos gastan mucho más de $700.000 en su pieza y hay quienes hacen de su tejido, un arte demandado. Su armado también requiere de una paciencia superlativa para colocar los cientos de apliques y espejos para ahuyentar las malas vibras.
Rojo, carmín, bordó, azul, celeste, turquesa, violeta, lila, púrpura, amarillo, oro, mostaza, verde, verde militar, chicle, rosa, salmón, coral, fucsia, negro mate, gris, marfil, crema, hueso y un sinfín de colores más. Envueltos en el arcoíris, los diablos descienden de los cerros corriendo, revoleando sus colas por el aire, pisando enemigos invisibles con vehemencia, sabiendo que el desentierro solo les otorga una estadía corta, un changüí. En el apuro, algunos ruedan por los cerros como si de una coreografía planeada se tratara, sin hacerse un solo rasguño: protección divina o inmunidad alcohólica. Una vez en el llano, los diablos se funden con su gente. Corren, bailan, saltan, cantan canciones que envalentonan a su comparsa e invitan – con una voz finita, alegre y picarona en partes iguales – al descontrol de todos los presentes en el pueblo. Ser diablo no es poca cosa: ellos son la corporeización del espíritu carnavalero y, con su mera presencia, la energía en el pueblo cambia.

Alrededor de las 20, la desconcentración comienza a hacerse masiva. Tenían razón, la ruta está colapsada. Por suerte para este interlocutor, sólo en la dirección hacia San Salvador de Jujuy, por lo que en menos de treinta minutos ya estoy en Humahuaca. En la parada, ubicada en el junte de la ruta con la avenida Belgrano, observo una nueva comparsa que se hace presente. Una de las tantas del pueblo, cada una con su características, sus banderas y sus seguidores, en muchos casos, dispuestos a escalar los argumentos sobre quién tiene más aguante. La pasión es similar a la que se vive entre hinchadas de equipos de fútbol. Aunque, una vez más, prevalece el acuerdo tácito de la celebración por sobre el conflicto.
Una de ellas –Los Chinwenwencha de Humahuaca– fue la responsable de abrirme sus puertas para participar de un desentierro. Porque por más que todo parezca centrado en celebrar, carnaval es, sobre todo, una fecha espiritual. Y el desentierro, uno de los momentos más emotivos. Allí no solo se liberan las tensiones, sino que también se agradece a la Pachamama por las cosechas, la salud, la protección y, también, es el momento de cumplir promesas inquebrantables.
La cita es en las afueras de Humahuaca. –Ahicito nomás– , me marcan sobre la caminata de casi 40 minutos que realice desde la salida de la casa que me hospeda. A mi arribo, no hay consultas sobre quién fue el responsable de mi invitación. Simplemente, la comadre me recibe, como a todos los recién llegados, con un cigarrillo marca Hills que debe encenderse en el carbón y ofrecerse en el mojón de la comparsa. Los anfitriones acogen a todos preguntando qué quieren comer y beber. Entre platos y bebida, las vidas se entrecruzan y los motivos de agradecimiento se ponen en común; familiares curados; buenas cosechas; éxito laboral; constancia en la educación y por la vida misma. Así pasa el mediodía, hasta que llega el momento del desentierro, del agradecimiento, cuando el sentimiento de responsabilidad frente a la comunidad sale a flor de piel. Son el presidente y el vicepresidente de la comparsa quienes iniciarán el rito. Tras unas breves palabras de orgullo y reconocimiento a los presentes, se arrodillan, agradecen, rezan y beben un vaso. Luego, se abrazan mientras la banda detrás toca unos pocos compases. La escena se repite varias veces hasta que, por último, son espolvoreados con talco y rodeados con serpentinas, antes de fundirse en un profundo último abrazo. A partir de entonces, cada uno de los presentes tendrá su propio momento de contemplación y gratitud frente al mojón.
El desentierro envuelve el ambiente en un halo de solemnidad, donde el aire cambia y quita el deber de creer para sintonizar con lo que está ocurriendo. De hecho, como hacer falta, no hace falta creer en nada. Si vamos al caso, aquellos que se desentienden de este tipo de rituales bajo una actuada superioridad, no escapan de pedir señales al tarot, reflexiones a los signos o de gestos a simple vista tontos, como el entrar saltando tres veces con el pie derecho a una cancha de fútbol. En fin, lejos está este texto de querer explicar una fe ajena. Sin embargo, la secuencia de hechos refleja una fuerza transformadora en los presentes y es imposible ser testigo de tanta fe y – hoy más que nunca – no preguntarse si verdaderamente podría ser de otra manera.
La bebida acelera el tiempo y las agujas vuelven a estar cerca de medianoche. El cielo de Humahuaca está despejado y hay tantas estrellas allá lejos como jarras acá cerca. Jóvenes adultos y adultos no tan jóvenes bailan sin cesar. A mi me pesan las piernas y ya siento esa voz que me advierte que es hasta acá. Abrazo a un par de amigos del camino, hacemos toda la actuación de que sí, que nos vamos a mantener en contacto, que pasame tu Instagram, que te doy mi número, con la certeza que por más que estemos cerca gracias a las redes, probablemente no volvamos a mediar palabra. Está bien, carnaval nos unió. Nos igualó en el disfrute. Y su entierro será el encargado de separarnos. Así, con un viaje de 27 horas de Tilcara a Retiro, tiempo más que suficiente para repasar algunas ideas sobre los festejos, culmina este capítulo de festejos.
Carnaval se celebra en todo el mundo y, lo que es más importante, de norte a sur en Argentina. Cada lugar le imprime su propia identidad. Algunos son meras excusas modernas para recaudar, otros se enfocan en la onerosidad y también están los que dialogan directamente con su comunidad, sus raíces y su paisaje. El del NOA se inscribe en este último grupo. Hay sobrados ejemplos de que el entorno moldea, efectivamente, el carácter de sus habitantes. Con el descenso de los Pujllay fresco en mi retina, es imposible no preguntarse qué relación mantienen con su ambiente, al que integran plenamente en su celebración. ¿Qué genera vivir entre los cerros y las nubes, entre diablos alegres, caminos anegados y coplas? Las preguntas resuenan más todavía en una cabeza hija de CABA, una de las pocas ciudades porteñas en donde la gente le da la espalda a su río, un síntoma más de la pérdida de identidad frente al avance de intereses económicos.
Si cada carnaval es moldeado a imagen y semejanza de su comunidad, en Argentina siempre molestan las mismas. “El charanguito, esa música del norte no tiene nada que ver con Argentina”, afirmó el diputado Miguel Ángel Pichetto en una entrevista con Cenital mientras deslizaba la idea de que la cultura andina – para el legislador, hija únicamente de la “inmigración” – “cambió” supuestas idiosincrasias locales. Un desconocimiento total a cientos de años de historia. Más allá de esto, nunca se escucharon las mismas críticas a Navidad, la pasta italiana, los niños disfrazados en Halloween, o los sombreros de Cowboy que usa Patricia Bullrich cada 4 de julio en la embajada de EEUU. En un momento de tanta crisis de representatividad, quizás haya que volver a mirar hacia adentro. Entender nuestro propio país, de norte a sur, en sus alegrías y sus tristezas. Probablemente no solo encontremos respuestas a nuestras preguntas actuales, sino también preguntas para las que jamás pensamos una respuesta.
Pero sobre todas las cosas, Carnaval expone los lazos de unidad de un pueblo. Son jornadas de fiesta, pero sobre todo de agradecimiento y conexión. Conla tierra, con la identidad, con los pares. Mientras el espíritu carnavalero ronda las calles, el talco esconde facciones e iguala clases. Y en momentos donde nos convencen de un esfuerzo para pagar los platos rotos de una fiesta a la que no asistimos, y aunque el Pujllay deba ser siempre enterrado nuevamente, queda la sensación de que siempre podemos celebrar un poco más.