Un domingo de estas últimas semanas, dos muy amigas fueron al teatro. Salieron, caminaron hasta Margot Café, un bar icónico de Boedo, y se sentaron a tomar algo. En ese mismo bar estaban mis padres con un grupo de amigos, también tomando algo.
Sol, mi mejor amiga, se acercó a saludarlos con un abrazo.
Una amiga de mi mamá exclamó, con muchísima ilusión:
—¡Preguntale a ella! ¡Preguntale a ella!
Entonces, mi mamá le preguntó:
—¿Es verdad que la juventud no coge?
Ahí nació la idea de esta nota.
En los últimos años, distintos estudios académicos registran una caída sostenida en la actividad sexual entre jóvenes. Eso es así. Los jóvenes no cogen… o al menos cogen poco.
Según datos del General Social Survey (encuesta sociológica-científica realizada en EEUU) la proporción de adultos jóvenes en Estados Unidos que informaron no haber tenido relaciones sexuales en el último año se triplicó entre 2008 y 2018. En Japón, el sekkusu shinai shokogun (término que describe la creciente falta de interés en las relaciones sexuales y el romance entre jóvenes japoneses) ya es prácticamente una crisis de Estado.
Pero, ¿qué está pasando acá, en nuestros grupos de amigas, amigos o conocidos?
En Argentina, los datos del Ministerio de Salud de la Nación y los sondeos realizados por la Sociedad Argentina de Sexualidad Humana (SASH) informan una tendencia similar: una caída de hasta el 20% de la frecuencia sexual en jóvenes de 18 a 30 años.
La pregunta de la amiga de mi mamá no parece ser una paranoia generacional, sino algo más parecido a la realidad.
Durante mucho tiempo, una gran cantidad de jóvenes se endulzaron con la idea de que las aplicaciones de citas (Tinder, Bumble, OkCupid) iban a inaugurar la era de orgasmo eterno. Bueno… eso no pasó.
Hace años que converso con amigas, amigos que navegan en estas aplicaciones y con el tiempo logré observar la misma experiencia repetida una y otra vez: hacen match, chatean dos o tres días, a lo sumo intercambian perfiles de Instagram y luego todo se diluye.
¿Qué le pasa a nuestra generación con la concreción del deseo?
Hay una realidad imposible de negar: transitamos un momento político-económico-social complejo. Una economía donde la gran mayoría de la juventud vive al borde de la precarización lo que provoca una gran crisis de autonomía (cerca del 45% de los jóvenes de entre 25 y 30 años en los grandes centros urbanos como CABA, Córdoba, Rosario todavía viven con sus padres o familiares). Me permito pensar entonces que, el encuentro sexual dejó de ser, para muchos, un espacio de experimentación y diversión para convertirse prácticamente en algo parecido a una inversión.
Imaginemos la situación de un joven que alquila una habitación en una casa compartida o que hace chicle el sueldo para llegar a fin de mes: el despliegue de una “primera cita”, bajo ese escenario, representaría un gasto excepcional.
Hoy, un encuentro es; el costo del transporte; el precio de un vino; es algo para picotear y es también, el tiempo que se le resta al descanso necesario para seguir rindiendo al otro día. Como bien señala la filósofa feminista Silvia Federici, el capitalismo siempre intentó colonizar nuestro tiempo libre y nuestra vida íntima. En este contexto, vale preguntarse: ¿la caída del sexo es desinterés? ¿O la complejidad de estar disponible para “vin-culear” cuando se está agotado mental y materialmente es mucho más fuerte que el deseo del encuentro?
La imposibilidad de la repetición
Sincerémonos, el sexo puede no suceder de forma excelente la primera vez que conoces a un otro. Requiere tiempo, conocimiento y, sobre todo, la capacidad de sostener encuentros. Sin embargo, la precariedad actual eliminó el derecho al proceso de seducción.
Como no hay restos de energía para “ver qué pasa” en una tercera o cuarta cita, la mayoría de los jóvenes aplican una lógica de descarte inmediato. Si no hay una chispa eléctrica y un placer completamente instantáneo, el vínculo se archiva. No creo que sea falta de romanticismo sino parte de la lógica económica actual. La caída de la frecuencia sexual es el síntoma de una generación que perdió el acceso al tiempo de aburrimiento, ese tiempo necesario para que el deseo se genere sin la presión de ser únicamente eficientes.
El deseo bajo la lupa: de la liberación al “autocuidado”
Hoy, si el afuera exige que seamos productivos, que tengamos un perfil de Instagram aesthetic y que gestionemos nuestros vínculos al mismo tiempo que intentamos pagar el alquiler o el monotributo sin pedirle ayuda a nuestros padres, el refugio en la supuesta “no actividad” es la única forma de huelga posible. Entonces la elección termina siendo habitar el silencio, scrolleando en TikTok, Twitter e Instagram antes que someterse a una performance de cita en donde no tenés idea cómo la podés llegar a pasar.
Ante la imposibilidad de sostener vínculos que requieren tiempo y paciencia (recursos que el capitalismo y la situación económica actual nos quitó), el ritual del autocuidado o self-care aparece como una microdosis de soberanía: ya que no puedo cambiar mis condiciones económicas ni garantizar que una cita no sea una decepción, al menos puedo hacerme el skincare, ponerme una mascarilla, comer algo rico en soledad y sin que nadie moleste mirar algo en alguna plataforma de streaming.
Pequeña distinción: esta narrativa del refugio en el autocuidado es, en sí misma, un síntoma de privilegio. Para gran parte de esta Argentina que vive por debajo de la línea de pobreza, el autocuidado no es una opción ni una “microdosis de soberanía”. No hay huelga de deseo ni retiro al silencio cuando la urgencia es el hambre, cuando el hacinamiento elimina cualquier posibilidad de privacidad o cuando la jornada laboral es eterna. En los márgenes de ese privilegio, la precariedad no te quita el deseo del encuentro con un otro pero si te arrebata injustamente la soberanía necesaria para que el cuerpo sea un territorio de placer y no solo de supervivencia.
Quizás ustedes se están preguntando, ¿esta cuestión del autocuidado es un verdadero problema?
Yo diría que, al menos, podemos cuestionarlo.
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Antes de empezar a escribir esta nota mandé un mensaje al grupo de mis mejores amigas en donde les consulté básicamente ¿por qué creen que los jóvenes cogen poco o directamente no cogen?
Todas las respuestas estuvieron relacionadas a lo mismo: la validación externa, la cantidad de personas que dieron like a tu historia de Instagram, satisface un goce personal mucho más grande que el encuentro con un otro. Además de un proceso de individualización masivo. Las cargas emocionales, los trabajos, las inseguridades o, como mencioné anteriormente, los momentos de “autocuidado”, se transforman en una traba para conocerse. La frase cúlmine fue: “es como si vincularse implicara una pérdida de tiempo o de energía”.
Ni mis amigas ni yo descubrimos la pólvora. Muchas/os intelectuales vienen elaborando textos en relación a la temática.
Rosalind Gill, socióloga británica, afirma que la búsqueda del otro se reemplazó por la optimización de uno mismo. La idea del “empoderamiento” que en su momento militamos en las calles, hoy consiste en gestionar los cuerpos como pymes.
Las mascarillas coreanas, las máscaras de terapia de luz roja, el yoga a las siete de la mañana, el seguimiento de ciclos cardiacos controlados por relojes ultra inteligentes, no son solo privilegios dentro del mundo de la salud, sino también formas de control. En cambio, el sexo es desprolijo, muchas veces sucio, vulnerable y requiere negociar con un otro/a impredecible.
En su libro “Postfeminismo y psicología de la salud”, Sarah Riley argumenta que la vigilancia constante sobre el propio cuerpo para que sea “perfecto” y “saludable” genera un cansancio tal que el deseo, se queda sin energía. Frente a un afuera donde el encuentro sexual implica riesgo de rechazo, violencia o una posible pérdida de tiempo (y en consecuencia de dinero) , el autocuidado ofrece un refugio de control. Este repliegue funciona como una respuesta defensiva a la dificultad creciente que existe frente a la incertidumbre que supone habitar el cuerpo de un otro.
Y… ¿Qué pasa con los varones?
El proceso de individualización que venimos describiendo claramente no es unidireccional. Mientras muchas mujeres se refugian en los discursos del bienestar propio, muchos varones están atravesando su propia versión del repliegue sexual: una retirada ante la pérdida de sus antiguos privilegios.
Para entender esto, traigo a Lynne Segal, psicóloga. En su libro “Slow Motion: Changing Masculinities, Changing Men”, Segal argumenta que la masculinidad tradicional está en una crisis de identidad profunda porque las bases materiales que la sostenían (el varón como único proveedor, el sexo como un derecho sobre el cuerpo femenino) se desmoronaron. Al no saber cómo habitar una sexualidad, menos un vínculo, que exige vulnerabilidad, reciprocidad y, sobre todo, la gestión de la propia inseguridad, muchos optan por la retirada o “anestesia digital”.
En este retiro o “anestesia digital” del que les hablo pienso dos ejemplos que me resultan clarificadores:
1. El consumo masivo e hiper personalizado (pensemos en el mercado de las novias virtuales creadas con IA) de pornografia. El sexo sin un otro, individual. En la pantalla o en el mundo digital donde el varón recupera el control total y elimina la posibilidad de negociar y conocer formas diferentes de placer. Un erotismo que no requiere habilidades sociales ni esfuerzo pensado desde el rendimiento tanto económico como temporal.
2. El patriarcado no les enseña a los hombres a conectar con sus sentimientos, sino a rendir. Ante determinadas mujeres que hoy, lógicamente, se encuentran en la búsqueda del placer mutuo, muchos varones prefieren/eligen no jugar el juego del amor. El retiro hacia los videojuegos o comunidades virtuales, es su manera de “autocuidarse” del posible golpe que podría suponer una cita donde no tienen el control.
El resultado es un cortocircuito y desencuentro generacional. Mientras el feminismo impulsó a gran parte de las mujeres a una introspección y re-cuestionamiento enorme, la socialización masculina, en algunos casos, no logra correr a la misma velocidad. El retiro de gran parte de los varones es el síntoma de una masculinidad que, ante la falta de un manual para ser deseable sin ser dominante (entendiendo esta dominancia no como un rasgo de carácter, sino como el ejercicio de una superioridad material, proveedora y sexual), prefiere la soledad.
Así mismo creo que sería injusto ignorar que existen grupos de hombres que hoy intentan cuestionar y repensar las dinámicas de poder en sus relaciones. Me parece fundamental que estas cuestiones que las mujeres politizamos entre amigas, sean finalmente conversadas entre ellos: ¿Qué pasa con la vulnerabilidad? ¿Qué miedos o angustias aparecen cuando, por ejemplo, su situación económica no les permite ocupar ese rol de supremacía material frente a una mujer?
Conclusiones, ¿nulas?
La respuesta de Sol a la amiga de mi mamá, no es algo que pueda contestarse con un simple “sí” o “no”, es algo más complejo. La juventud no es que “no coge” por falta de libido, sino porque la actualidad social, política y económica ha hecho que el sexo, sobre todo el casual, sea emocionalmente costoso y físicamente poco rentable para gran mayoría de las identidades (aun más las feminizadas).
Si el “cuasi celibato generacional” aparece como una posible nueva religión es, quizás, porque el mundo exterior se siente un lugar muy hostil donde el encuentro con un otro está mediado por la lógica del consumo y la eficiencia. Entonces esto que vemos suceder en relatos de amigos o en la propia vida ¿es un proceso que lentamente conducirá a algo mejor o simplemente la respuesta a un mundo que cada vez se torna más individualista y oscuro?
Quién sabe.