“Risa y la cabina del viento”, una película argentina en la que hay que tener fe

La Iglesia Católica creció hasta los 1.422 millones de fieles en todo el mundo. En paralelo, el evangelismo se fortalece en Latinoamérica. En medio del boom de creyentes, se estrenó en cines una nueva película argentina que, a través de una cabina de teléfono, cruza el mundo de los vivos con el de los muertos. ¿Quién dijo que en el cine no se puede originar una nueva religión?

Según la Real Academia Española (RAE), creer significa “tener por cierto algo que el entendimiento no alcanza o que no está comprobado o demostrado”. Esto mismo me sucedió cuando vi “Risa y la cabina del viento”, la nueva película del director argentino, Juan Cabral. Tal vez hablar de mi sensación personal carezca de relevancia, pero confío en que le sucederá algo similar al espectador cuando se cruce con el film

El relato se centra en la historia de Risa (Elena Romero), una niña de 10 años que perdió a su papá en un incendio que hubo años atrás en Tierra del Fuego, una tragedia con numerosas víctimas fatales. Lo único que quedó en pie fue una cabina de teléfono. Hoy los familiares se acercan para hablar con sus muertos. ¿Del otro lado escuchan? La definición de la RAE lo explica bien, acá hay que creer. Lo curioso no es solo su trama, sino el momento en el que aterriza la película: en medio de un nuevo boom de fieles en todo el mundo. 

Como toda historia, esta tiene su principio. Cabral coescribió “Risa y la Cabina del Viento” junto a Pablo Minces, inspirada en “El teléfono del viento”, una cabina ubicada en Otsuchi, Prefectura de Iwate, Japón. La misma fue diseñada por un ciudadano nipón, Itaru Sasaki, luego de sufrir la pérdida de su primo a manos del cáncer. En paralelo, un terremoto y un tsunami golpearon a Japón, dejando una inmensa destrucción y muerte en las comunidades costeras. El pequeño pueblo de Otsuchi lo perdió todo, incluyendo a 2.000 de sus habitantes. ¿Qué se hace con tanto dolor? Nadie sabe, pero se hace. Sasaki dio a luz a esta creación con un objetivo terapéutico: sentía que, al hablar con el viento, las palabras llegarían a su primo. Así, también invitó a los familiares de las víctimas de la catástrofe natural a que llamaran a sus muertos. Desde entonces, el teléfono recibió más de 30.000 visitas. Creer o reventar. Hoy todavía hay numerosas cabinas en diferentes partes del mundo. Entre ellas, la que protagoniza la nueva película de Cabral. 

El teléfono del viento fue erigido en 2010 en el jardín Bell Gardia, Japón.

“La fe se tiene o no se tiene”, dicen en la película española “Los Domingos” (2025). La cantante Cazzu debuta actoralmente en esta historia donde encarna a Sandra, la mamá de Risa, quien sostiene que del otro lado del teléfono no hay nadie. Tiene lógica su teoría, ya que está desconectado. Sin embargo, su hija tiene curiosidad. Se acerca, espía a los fieles y se pregunta si su papá estará esperándola. “Es un lugar que ayuda a sanar”, le explica una vecina a la niña. 

Todo cambia una noche cuando Risa se despierta por el sonido del teléfono. Sí, el mismo que se encuentra en la cabina del viento. Impulsada por la intriga, se acerca al lugar que la llama. Del otro lado, voces. Risa no está sola, los muertos la estaban esperando. Sin dudarlo, pregunta por su papá. Le responde una mujer, quien le explica que hay una fila larga que aguarda su turno. Como si fuese “El Sexto Sentido” (1999), del otro lado le piden favores con la promesa de que buscarán a su padre. Ahora Risa tiene una misión: ser la mensajera entre los vivos y los muertos. Pero no estará sola, la acompañará un hámster llamado Kuro y un vecino atravesado por el duelo. 

Es en este punto de esta odisea poética se une Diego Peretti, quien interpreta a Esteban, un hombre que perdió a su hijo en la tragedia que azotó a Tierra del Fuego tiempo atrás. El hombre camina con el corazón roto y petacas en sus bolsillos. A veces, solo queda ahogar las penas. Pero su vida da un vuelco cuando conoce a Risa, a quien se compromete a cuidar mientras Sandra trabaja todo el día. Sin embargo, nadie le avisó que esta niña se pasaría el día entero de acá para allá entregando recados a los vivos. Esteban decide caminar junto a ella, no solamente porque Risa lo vitaliza, sino también porque le cree

Creyentes fuera y dentro de la pantalla 

“La vida no termina donde vos lo ves”, canta Babasónicos, banda que se adueña del soundtrack de esta película. Incluso el nombre de la protagonista es por la canción “Risa”. El clima poético también se fortalece gracias al escenario donde transcurre esta historia, nada más y nada menos que Tierra del Fuego. Hay que destacar la elección de situar una historia sobre el duelo en el Fin del Mundo. Creer o reventar. “Es una película de pérdidas, pero también de hallazgos”, afirmó el director Cabral en diálogo con @filmqueen y LA TUERTA. Lo que sin dudas es un hallazgo, es esta película. 

“Hay algo necesario en la sociedad de contarse historias, de entendernos como seres humanos. Tiene algo de ‘El Principito’, de Hayao Miyazaki (director y animador japonés), de las películas del Studio Ghibli, pero llevadas al mundo real con actores verdaderos de piel y hueso”, respondió Cabral sobre el porqué del film. Más allá de que la trama te envuelve en un mundo humanamente fantasioso, el espectador se retira de la sala con una emoción que no puede comprender. Tal vez lo predecible sería llegar a los créditos con un nudo en la garganta, pero sucede todo lo contrario: una esperanza abraza a la audiencia. “Me parece que es un viaje super poético y profundo que te mete por un tubo con un montón de sensaciones bien ejecutadas, pero te lleva hasta una orilla y te sentís totalmente renovado a la salida. Ese era el deseo realmente: no hacer una película para abajo, sino todo lo contrario, que te vayas con ganas de no querer irte de ese mundo en el que estás”, agregó el director. 

Hay que resaltar que la película llega en un momento donde hay una necesidad colectiva por creer en algo, no importa el qué. No tengo la palabra santa, los datos me respaldan. Hace unos días se dio a conocer que la Iglesia Católica sumó 400 millones de fieles en 25 años. Número que sorprende, ya que durante el s. XXI también crecieron exponencialmente las denuncias de abuso en las iglesias, con la investigación del Boston Globe a la cabeza. Pero una cosa es la fe y otra muy distinta, sus representantes en la tierra. El fenómeno es tal que llegó a la Generación Z. En España, por ejemplo, el número de católicos menores de 34 años aumentó de un 34% a un 42,8%. Incluso se se volvió usual ver influencers religiosos que comparten sus ritos de fe en redes

Siguiendo con el boom de las religiones, algo similar sucede con el evangelismo que experimenta un fuerte crecimiento en Latinoamérica. Y Argentina no es la excepción. Según un estudio del CONICET, el 15,3% de la población profesa la religión, es decir, más de siete millones de personas. La vuelta de la fe incluso llegó a penetrar en la agenda política y ya hay un pastor evangélico que está siendo impulsado para ser candidato presidencial: Dante Gebel. En realidad, es una idea que se acerca al hecho, ya que el espacio político Consolidación Argentina dio un paso más en su armado territorial con el objetivo de lanzar su candidatura en 2027. Pero bueno, capítulo aparte. 

Esta oleada también tiene sucede desde el capital. El mercado mundial de productos y servicios espirituales creció un 49% desde 2019, según un estudio de Global Market Insights Inc. Incluso se prevé que aumente de u$s193,7 mil millones en 2026 a u$s276,6 mil millones para 2035. No es mi intención reducir las creencias a números, pero hay una necesidad latente de aferrarse a las convicciones tanto propias como colectivas. ¿Por qué? La respuesta es más simple de lo que parece. Este aumento es el resultado de una crisis social, económica y política. Ante la incertidumbre, el ser humano busca acercarse a las certezas, algo que lejos tiene que ver con la verdad. “Aunque sienta certeza, es una emoción, no un hecho”, dicen en la película estadounidense “La Duda” (2008). 

Risa, entre los vivos y los muertos

Tras la proyección de la película en el Festival de Mar del Plata – donde fue premiada como Mejor Largometraje y Dirección en Competencia Argentina-, Cazzu confesó que sentía “mucho enamoramiento hacia la historia”. El que avisa no traiciona. Sin dudas, hay algo que sucede con esta historia. Tal es así que, en esa misma función, alguien del público levantó la mano y preguntó: “¿Dónde puedo conseguir una cabina como esa?”. En general, hay temáticas que generan sensibilidad, pero nunca se trata del qué, sino del cómo. La primera vez que se escucha el teléfono de la cabina desconectada, el sonido es casi paralizante. La confirmación de que existe un otro lado no solo desdibuja el límite entre la vida y la muerte, sino que le abre la puerta a preguntas que nunca antes habían sido respondidas. Risa va tras ello pero, junto a Esteban y su mamá -cada uno a su tiempo -, aceptará que hay cosas que simplemente carecen de sentido o explicación. 

“La película busca meterse en lo que nos hace humanos, en ese misterio y tratar de entender cómo es nuestro paso acá, se mete en el más allá y te lleva a lugares super profundos, pero siempre con una mirada muy humana, muy romántica sobre la vida”, detalló el director. No es una tarea sencilla sostener la magia durante más de una hora y media, pero esto es posible gracias a las actuaciones que ofrecen sus protagonistas. Cazzu no es el único debut en la pantalla grande en esta película, sino que también está el de Elena Romero, la encargada de transmitir curiosidad y ternura, algo que hace muy bien, al igual que la cantante, quien se luce en un rol que toma distancia de lo metafórico y se aferra a lo lógico. Peretti también tiene un destacable trabajo con un personaje que, entre tanta tristeza, comienza a creer – principalmente en él mismo – gracias a Risa. Dicen que a veces solo se necesita un empujón. 

La película fue premiada como Mejor Largometraje y Dirección en Competencia Argentina en el Festival de Mar del Plata | Gentileza prensa

“¿Por qué nos tenemos que morir?”, le pregunta Risa a Esteban, quien le responde que “así es el contrato”. Subraya que “es corto” y remata con que “lo que toca” es de cada uno. La verdadera intriga es qué hacemos los que estamos de este lado. Algo que intenta averiguar la protagonista a través de la cabina del viento. “Uno no teme por lo que ya perdió, sino por lo que todavía no ha perdido”, escribió la estadounidense Joan Didion en “Noches Azules” (2011).

Entre tanta literalidad, hay que celebrar que el cine argentino se anime a explorar un universo tan fantástico como humano. “Risa y la Cabina del Viento” llega en un momento donde se busca creer. Casi como si la audiencia, por no decir el contexto, hubiera estado esperando que sonara su teléfono del viento. Hablar de casualidad sería ir en contra de la temática, pero eso quedará en manos del espectador o, en este caso, del lector.